Empújale la aguja.
Estaba yo en una fiesta
Guarachando con vigor
Y en la mitad de pieza
El disco se me rayó…
La Billos Caracas Boys.
Una de las cosas que no se me ocurrió traerme
cuando salí de Venezuela fue un par de discos de Yordano, en esa época los CD
eran escasos y carísimos, no había llegado la industria del “pirateo” que nos
permitió copiar la música con gran calidad y a bajísimo costo. En mis años
copiar una canción era prodigio de tecnología, al menos debías tener un aparato
con doble casetera.
Luego llegó la internet que nos regaló una
generación que si bien son amantes de la música tienen la sensación de que la
música es gratis, la bajan una de la red y la escuchan hasta el cansancio,
luego la borran y va a la búsqueda de la nueva canción ad aerternum. Pareciera que para ellos la música es gratis, de
hecho lo es.
En mis años juveniles la cosa no era así, si nos
gustaba una canción debíamos hacer
economías y con lo que poco a poco nos iba quedando de la “merienda” reuníamos
lo suficiente para comprar el disco. Si solo nos gustaba una canción
comprábamos la versión “single” que era como les decían los locutores de radio
a los discos de 45r.p.m pero si nos gustaba una banda o grupo de rock los
ahorros a veces no eran suficientes y debíamos echar mano de tíos, abuelos y
hermanos mayores quienes debían, tras algunos ruegos, completarnos para comprar
el Long Play.
En mis días -luego de reunir el dinerito- íbamos
con paciencia a Don Disco, que quedaba en el Centro Comercial Chacaíto a ver si
no habían vendido el disco que queríamos, porque entre escoger el disco y
reunir el dinero, podían pasar algunas semanas. Aunque el disco seguramente no
aumentara de precio (la inflación no fue una preocupación en mi primera
juventud) sí podía haber sido vendido.
Por ello, mi tienda de discos preferida no era
Don Disco que era mucho más grande y surtida, yo prefería ir a otra tienda que
quedaba en el Centro Comercial Country que era más pequeña, pero donde los
dependientes eran más amables o descuidados y eso permitía que pudiéramos poner
el disco seleccionado a buen resguardo en la sección de música clásica.
Por ello creo que nuestra relación con la música
era más intensa ya que no solo debíamos reunir para comprar el disco, también
debíamos cuidarlos como la niña de los ojos, para que no se nos rayaran. Porque
no importa cuántas canciones tuviera un LP siempre se rayaba la canción
preferida; y para no alargar el cuento no
hablemos de las agujas de punta de diamante que debíamos comprar también
de cuando en vez.
Esta generación del MP3, no solo no pagan por la
música, tampoco cuidan sus discos, de hecho no tiene discos, su música está en
unos aparatitos pequeñísimo con capacidad de almacenar toda la música del
mundo, una especie de Discoteca de Babel.
En todo caso, no se me ocurrió traerme un disco
de Yordano, ni si quiera se me ocurrió traer un TDK debidamente grabado. Ello
hace mucho tiempo, la música gratis no existía, para más detalles y puedan calcular el
tiempo transcurrido les puedo decir que los diskettes típicamente eran de 51/4,
los de 3 ½ eran aún escasos.
Pero el azar inmóvil que todo lo mueve hizo que
conociera a Mariela Martínez y en un viaje a Playas de Villamil puso en su
carro, tal vez porque sabía que me traería buenos recuerdos, un cassete de
Yordano. Mi alma volvió al cuerpo y le pregunté si podía copiarlo. Le di
gracias Dios que la fama de Yordano haya llegado a estos lugares, así fue como
me reencontré con la fase ochentera de mi juventud.
Ese cassete de Yordano y aquel de gaitas del
cual creo que ya les hablé (que por los
mismos años) me envió Celia Soonets se convirtieron en mis preciadas joyas de
mi colección musical por años, hasta la
llegada del MP3 y el Youtube que me ha permitido reencontrarme con millones de
canciones que sazonaron nuestra juventud. Pero no deja de dar cierta tristeza sabe que
si esto fuera leído por algún jovencito de este siglo no logren entender la
frase que intitula esta crónica.
Año, 2014.
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