Crónicas de un exilio voluntario

Crónicas de un exilio voluntario
Aquiles Nazoa

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Amolador


El amolador...


El amolador de Caracas
No se escucha más con su flauta
Su recuerdo parece que fue un sueño
En el alma del viejo caraqueño.
Billo Caracas Boys.

Pasaba por la casa, todas las tardes, un zapatero que iba gritando de una extraña manera: zapateroooooooo. Dejaba la O abierta y volvía a repetir el grito, empezando sin haber terminado el anterior. Tanto así que uno lo que llegaba a oír, realmente, era la ooooooo y ya uno sabía que venía un zapatero. Entonces salíamos, corriendo, a buscar los zapatos viejos. Aquellos que se habían quedado  en el fondo del closet, esperando su segunda vida.  Este era un grito universal ya que todos los zapateros gritaban igual, y todos ponían la media suela por un par de monedas.  Con el tiempo ya nunca más los volví a oír. Imagino que la bonanza petrolera desterró al zapatero remendón y, con ellos, la media suela. Nacimos al imperio de los zapatos desechables.

También pasaba, en aquella época, un señor en una bicicleta andrajosa, pero no gritaba, sonaba un pitico y uno sabía que venía el amolador. Eran muchos, pero compartían ese eslogan musical que los identificaba. El sonido de su pitico fue por muchos años  su grito de trabajo. Hasta el día que Piñerúa se hizo famoso con unos piticos idénticos que emulaban su nombre.  Sucedió algo similar al grito de los zapateros, al oír las primeras notas del pitico, uno sabía que por allí venía un Adeco.

Volviendo a los amoladores; su pitico hacía que mi hermana Betsy, al oírlo, saliera corriendo a ponerse algún coroto en la cabeza y pidiera un deseo. Era parte de una leyenda urbana que decía que: al oír pasar un amolador, si te ponías algo en la cabeza, al pedir un deseo se cumpliría.  No tengo idea de lo que hayan sido sus deseos. Espero que todos se hayan cumplido

Los zapateros y los amoladores eran parte de la tradición  medio rural de la Caracas de finales de los sesenta. Se hicieron parte de la geografía de nuestra la ciudad. Tal como hoy son, sin gritos ni pitos, los que recogen las latas de cerveza. Las mismas que dejamos en las esquinas con despreocupación de saber  que alguien pasará a recogerlas al día siguiente.

Ayer sentado en mi oficina oí pasar un amolador. El sonido de su pito era distinto, pero era idéntico, tanto que lo reconocí al momento. Me asomé a la ventana sólo a verificar que se trataba de un amolador. Efectivamente pasaba un amolador, en una bicicleta desvencijada y añosa. Era una bicicleta muy distinta a la que tenía el amolador que pasaba por frente de mi casa; pero era un amolador. Me pareció raro que en una ciudad que presume de su cosmopolitismo los amoladores sean tan idénticos a los de la Caracas de mi infancia. Me pareció extraño a miles de kilómetros de Caracas los amoladores usaran un pitico como el de Pinerúa. Sentí deseos de ponerme algo sobre la cabeza y no desear nada.

Año, 1999.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Duérmete mi niño.

Duérmete mi niño... 



Duérmete mi niño
que tengo que hacer
lavar tus pañales
ponerme a coser.

Canción de cuna.

En estos días mi sobrina, quien también vive un exilio voluntario, me envió una de esas graciosas tarjetas electrónicas. Se están volviendo muy famosas y de verdad algunas de ellas son muy ingeniosas. La de mi sobrina tenía la particularidad de hacerme oír una versión electrónica del himno nacional y desde la distancia esas cosas son muy importantes.

Nuestro Himno Nacional, por años, sirvió entre otras cosas para iniciar las clases y, como en todas partes, lo cantábamos al entrar al colegio. Era un momento sagrado y por tal motivo, estuvieras donde estuvieras, si lo escuchabas te veías obligado a detenerte y quedarte inmóvil. Eso fue así por muchos años.

El himno también servía para finalizar las emisiones de televisión, y los noctámbulos, al oírlo, sabíamos que debíamos ir a-la-ca-mi-ta, como decía el Topo Gigio. Eso fue así por años y a nadie molestaba. Pero fue el célebre Luis Herrera Campins, quien además de hacernos vivir el Viernes Negro, se le ocurrió la idea de hacer radiar las notas del Himno Nacional al inicio al final y a medio día.

Supongo que  LHC lo hizo en un arranque nacionalista. Me imagino que supondría que las amas de casa, mientras apuradamente preparaban el alimento de sus hijos y esposos, al oír las hermosas notas del Himno Nacional se quedarían inmóviles mientras veían quemarse el arroz o las caraotas refritas.  Supongo que suponía que los empleados bancarios, con apenas 30 minutos para almorzar presurosamente antes de regresar a sus trabajos, si oían el Himno Nacional dejarían de comer y que las personas que caminaban velozmente por la Avenida Urdaneta, se detendrían y quedarían firmes bajo el solazo de marzo.

Recuerdo que en los primeros días de la medida mi sobrina, la misma que me envió la postal, no tenía más de 4 años al oír el himno se paraba derechita. Pero con el tiempo nuestro himno se nos convirtió en paisaje y comenzamos a ignorarlo, olímpicamente, mientras la vida discurría normalmente.

Recuerdo que una vez, en una reunión para ver las eliminatorias del mundial de Francia, que a menudo no son más que un pretexto para reunirse y pegarse unas bielitas, un amigo colombiano  comentó que el de ellos era considerado como el más hermoso del mundo después de la Marsellesa. Me quedé con la duda pero, no me quise poner a discutir eso. Por una parte es imposible discutir con los fanáticos ese tipo de cosas. Por otra, el nuestro, a decir de los entendidos es, musicalmente, muy simple. Como yo no soy un experto en Himnos Nacionales no quise entrar en detalles. Además en las transmisiones de fútbol uno no le para mucho a los himnos y lo que interesa es el pitazo inicial.

Muchos años después del comentario de Néstor González, así se llama mi amigo, encontré en Jorge Enrique Adum la explicación: “eso se lo dicen a todos los niños, excepto a los franceses”. Nuestro himno nacional, puede no ser el segundo después de la Marsellesa, pero es nuestro y eso es más que suficiente. Después de todo cuántos niños, franceses o no, son arrullados con las notas de su Himno Nacional.

Año, 1998.


Orinoterapia

Orinoterapia.


“La sapa vino pariendo
cerca de la Cruz del Perdón.
Y el sapo lo celebraba
con su botella de ron”.

Sapo.
Golpe Guayanés
Alejandro Vargas.

En este país cada vez que algo nuevo aparece le ponen  como nombre emergente, de allí que hayan viñas emergentes, políticos emergentes, países emergentes. Hasta se han  puesto de moda las llamadas terapias emergentes. Entre ellas, una que me parece un poco extraña: orinoterapia. Es decir la gente se toma parte de su propia orina en la mañana. No tengo idea si sea efectiva, no tengo idea si cure algo. No tengo idea si tomarse la orina tenga algún efecto terapéutico, lo que no puedo negar que es lo más emergente que he oído.

Nosotros tenemos la costumbre de celebrar el nacimiento de nuestros hijos como el sapo de la canción. Es normal que cuando tienes un hijo, vengan los amigos a tomarse los meaos. Una forma graciosa en que denominados la primera visita de amigos y familiares a conocer a nuestros hijos. En Ecuador llaman a eso “poner el niño a la orden”.

Recuerdo que una vez, por casualidad, me encontré  con un vecino, cuya esposa estaba embarazada, a la entrada de una clínica en medio de las carreras y las angustias de última hora. A los pocos días en la entrada del edificio me lo volví a encontrar y, por simple buena educación, pregunté por su señora. Me indicó que estaba bien y que “el niño estaba a la orden”. Le di las gracias y nunca más volví a preocuparme por ese detalle. Al tiempo descubrí que él tomó  el hecho de no haber ido a visitarlos como un desprecio; y yo tratando de ser cortés y educado.

Cuando nació Mariagracia advertí a algunos amigos que los esperaba en casa para tomarnos los meaos. Previendo que algún amigo emergente y muy literal no se fuera a confundir con la moderna terapia, me di a  la tarea de explicarle que es nuestra forma de “ponerles la niña a la orden”. Algunos se rieron de nuestra particular manera de llamar ese día especial en la vida de todo padre.

Tres días después vinieron los amigos más queridos a casa a conocer la pequeña gota de rocío. Unos más que otros se sorprendieron de nuestra costumbre de celebrar el nacimiento con ingentes cantidades de whisky; rápidamente establecieron la relación entre la celebración y el color acaramelado del licor.

Para los chilenos es  una atrocidad  molestar a los nuevos padres con una visita mayor a los 20 minutos. La visita se limita a  llevar un presente y algún detalle para los hermanos mayores, para que no se sientan celosos, 20 minutos máximo.  Domingo Martínez un chileno, muy amigo de la casa, se saltó todas las normas de la etiqueta y se quedó hasta bien entrada la noche fascinado con nuestra idiosincrasia tropical y bullangera, dimos cuenta de una par de botellas de Dewar’s. Si no hubiera sido por él me habría tenido que tomar todo ese meao yo solito.


Año 2001

Pa mamá que da la teta

Pa´ mamá que da la teta... 


Alguna vez se han preguntado porque nos gusta esa cosa, que no es más que un trozo de masa y con escaso sabor, al que llamamos arepa. No sabemos por qué nos gusta; simplemente nos gusta y eso es suficiente. Qué venezolano no sucumbe ante el sabor de una arepa.

Cualquier persona que vaya a Caracas te dirá que le gustaron las arepas. La mitad, seguramente, habrá mentido. Es casi un insulto que nuestro mayor estandarte de la comida típica sea algo desagradable. A la mitad restante no le gustaron: seguramente le gustó la carne mechada o la ensalada de reina pepiá con la cual las rellenaron. Frente a esos suculentos rellenos hay que ser estúpido para que no te guste.

Hay que nacer en Venezuela para que te gusten las arepas. En su defecto, en  cualquier otra parte del mundo en donde se consiga, con alguna regularidad, Harina Pan o algún sustituto parecido, y que el aportante  de una parte, al menos, el 50% de tu carga genética sea venezolano.

Los domingos, en esta casa, es casi una tradición comer arepas. Carolina, de quien ya han oído hablar, odia los domingos. Los odia simplemente porque amanece la casa con el sonido de la cocina preparando arepas; y una vez que otra, con las notas, sublimes, del Alma Llanera.

Poco a poco hemos logrado que se meta un trocito de arepa a la boca. A Catalina, de quien también han oído hablar, ya casi, le gustan. Pero ha sido una labor, titánica, de proselitismo arepístico que lleva no menos de 3 años. Y debo confesar, modestia aparte, que  cada día me quedan mejores.

Claro que aquí no se consigue Harina Pan, pero la Maisabrosa es un buen sustituto, el día que esa empresa quiebre no sé donde me voy a meter. Debo ser el mejor cliente de esa empresa. El día que me vaya nos vamos a extrañar mutuamente.

Pero la explicación del por qué nos gustan las arepas me la enseñó Carolina y esa perversa ingenuidad con la cual interpreta el mundo. Una mañana de domingo mientras me veía comer arepas (me como tres, de ley) me preguntó porque no me comía esa parte macilenta que sacamos del centro. Le contesté con una naturalidad, pasmosa,  que eso era para los pericos y los bebes.
Ahí me di cuenta del por qué nos gustan las arepas. Después de algunos meses de haber sido alimentados con leche materna, o en su defecto con leche S-26, el primer alimento sólido que nos llevamos a la boca es un poco de masa de arepa con mantequilla y quesito rayado.

Nos gustan las arepas por obvias razones. Despiertas a la vida degustando, directamente de los dedos de tu madre, la arepa. Tu madre, como la mía, nos alimentó con amor,  devoción y en la más absoluta ingenuidad  con esa parte blanda de la arepa que reservamos para los pericos y los bebes. Como no te va a gustar las arepas. Además nos estuvieron arrullando, por años,  la célebre canción: arepita de manteca...  arepita de cebada.

Año, 1998.


El 11 ideal


Por el aroma yo lo sé....

Por el aroma yo lo sé…


Algún diciembre fui a Caracas, mi hermana me invitó a comer al Sambil. Me habló maravillas del fulano centro comercial, y de unas rosquillas de canela: Cinnamon Rolls. Para qué decir que tuvimos que hacer una cola de no menos de una hora. Estaba horrorizado ya que me parecía demasiado para comerse un pan  de canela y una taza de café; cosa que ya hubiera cambiado por un Golfeado en km. 17 de la carretera al Junquito. Pero las colas interminables parecen ser parte de la vida del caraqueño, yo estaba allí medio cabreado, pero en fin en otras cadenas de Fast Food, la cosa no es mejor, créanmelo.

Al fin llegamos a la caja y pedimos no sé cuantas rosquillas de esas y 5 marrones grandes. Ahí fue que quedé de una pieza, mi hermana me había hecho hacer una cola de una hora para tomarme una taza de rico y estandarizado Nescafé. El cual consumo resignado y felizmente  todas las mañanas.

Cuando llegue a vivir a este país si hubo alguna desagradable impresión fue la inmensa cantidad de marcas de café instantáneo, para cualquier venezolano una herejía. No encontraba explicación de ese hábito tan arraigado, el argumento para consumir café instantáneo era “ahorra tiempo”. Aquello me parecía incomprensible: en términos de tiempo colar un litro de café no consume más de 5 minutos, preparar una taza de café soluble es más o menos el mismo. Busqué las explicaciones, las había, pero no son importantes en este momento.

Tomarnos un “cafecito" en Venezuela no significa el acto de servirse y tomar una taza de café, es de forma inequívoca, una invitación a compartir una charla, a hablar de algo que, según a quien se invite, puede ir de una reunión de negocios a una de abierta seducción. Por ello el café es un artículo de primerísima necesidad. Llegar a una casa, implica que el anfitrión se vea en la imperiosa necesidad de brindarte una tacita de café recién colao. El protocolo te obliga a indicarle: “No, chico, no te molestes…”. El anfitrión contestará:  “Pero si ya está listo.” Todos sabemos que a nadie se le ocurriría brindarte un café recalentao.

Para nosotros, el café está asociado a su aroma, al olor que emana de su preparación y, tal vez por ello el mercado de café instantáneo es minúsculo en Venezuela. Ninguna marca de café instantáneo, ha logrado reproducir ese efecto aromático. Tal vez sea parte de la franquicia y, Cinnamon Rolls, para mantener un estándar requiere usar Nescafé.

Pero si hablamos de estándar hagan la prueba, en cualquier panadería de Venezuela:   un marrón es un marrón, un con leche es un con leche, un guayoyo es un guayayo. Puedes caminar un millón de cuadras; en todas te sirven lo mismo y en todas ese aroma te invita a tomarte un cafecito y tomarte un cafecito, siempre, invita a conversar.

Año, 1998.


Uno con todo

Uno con todo...


Quien no ha pedido un perro con todo en Plaza Venezuela las tresaeme, luego de una trasnochada de  San Viernes. Quien  saliendo de una tasca con “sopotocientas cervezas en una noche” no ha ido a parar a un perrocalentero de Sabana Grande a mitigar el filo que deja la Polar.

En mi época había uno que quedaba en el Obelisco de Altamira que era un verdadero maestro del oficio. Allí fui a parar un par de veces, creo que ya no existe, pero era famoso y, en aquella época,  lo conocía por su nombre de pila. Hoy mi memoria me ha abandonado y sólo recuerdo que le ponía hasta carnita mechada y quesito parmesano. Fue quien inauguró la sabia costumbre de regalarnos una colección de salsas de mil colores y sabores que poco a poco se convirtió en la insignia de una industria que vivía de los transnochadores.

El éxito de los perrocalenteros  trató de ser imitado por muchos, pero pocos lo lograron. Quien a las tresaeme no ha pensado que es un Negocio Redondo eso de vender perrocalientes y mientras pide el segundo soñó con un emprendimiento similar, y sigue soñando mientras pide el tercero; pero con full mostaza.

Es gente industriosa y el éxito viene, si viene, después de mil y una noches de trasnocho y  lidiar con borrachos y policías. Yo mismo tuve ese sueño, para luego entender que el verdadero negocio no está en vender perrocalientes sino en fabricar los benditos carros. Ambas son industrias que crecieron abrigadas por los sueños de los ingenuos que habitamos las noches caraqueñas.

En estos días abrió, aquí, operaciones McDonald´s, como en todas partes la cosa se convirtió en un acontecimiento, casi comparable con las Fiestas Patronales de Elorza, hubo rifas, desfiles, camisetas y gorras a granel.

Me acordé cuando McDonald’s abrió su primer restorán en El Rosal; eran los primeros días del fin.  Nuestra clase media, que había -de la noche a la mañana-  perdido la oportunidad de viajar a Miami, se concentró en El Rosal a recuperar algo de su grandeza perdida, para después decir que son buenas; pero no se parecen a las que comíamos en Orlando, mientras enjuagaba alguna lágrima. 

Dicen las malas lenguas que la inversión se amortizó en esos 2 primeros días de colas frente al counter de atención de famoso restorán; yo no creo. Probablemente es fruto de la maledicencia humana. El éxito es la peor carta de presentación. Si fue cierto,  no tiene nada de malo, si alguien tiene una gran idea es justo que su esfuerzo financiero sea recompensado con el éxito. Es igual que el negocio de los perrocalientes. No todos triunfan.

El triunfo de McDonald’s fue el dolor de cabeza de las otras cadenas de fast food y de algunas  Areperas, pero  los perrocalientes de Plaza Venezuela siguen alimentando, espero, las trasnochadas farras caraqueñas.

Pero lo que realmente me llamó la atención fue cuando estaba hace pocas semanas leyendo una revista de negocios donde publicaban el Índice McDonald’s. Simpático índice para medir el nivel adquisitivo de las respectivas monedas y de allí el nivel de vida de las personas en los países en donde la cadena está radicada. Es un índice muy sencillo dividen el costo del  Big Mac entre el salario promedio neto  y calculan el número de horas que se requieren en cada país  para acceder a una hamburguesa.

Si supieran cuantas horas necesita un caraqueño estar detrás de la computadora para comerse una hamburguesa seguro que si no se le quita el hambre, al menos se les quita el hipo.

Año, 1995.

La máquina de inventar recuerdos


La máquina de inventar recuerdos.


Préstame tu máquina, para yo coser
Yo no tengo máquina, se me echó a perder.
Merengue Venezolano.

Gracias a una Alicia que me envió mi buen amigo José Luis Cunha, quien se ha incorporado a esta forma de narrar las cosas -a| ratos- con más entusiasmo que el mío, descubrí que nunca le habíamos hecho un merecido homenaje a la máquina de escribir, esa que nos acompañó desde el bachillerato hasta la universidad, donde groseramente nos deshicimos de ellas rendidos ante el encanto de las PC y los procesadores de palabras.

La Alicia de José inicia de una manera extraña, ya que nos cuenta que ha regresado a las Alicias, pero también (contrariamente a lo que está sucediendo) nos cuenta que ha regresado al país, es decir mi buen amigo vive en una especie de exilio pa’dentro. Imagino que se le mezclan los recuerdos y las añoranzas. Si me tocara regresar a vivir ahora a Venezuela no imagino cómo podrían ser mis Alicias si a más de contarme a Venezuela, tuviera que contarme también el Ecuador.

Con José Luis nos conocimos hace un mojonal de años, porque gracias a la providencia alguna Alicia mía llegó a su correo electrónico, y desde ese momento nos hicimos panas. Pero fue muchos años después cuando nos vimos frente a frente en el aeropuerto de Lima y por fin nos pudimos dar un estrechón de manos y el abrazo respectivo, pero gracias a las Alicias ya éramos amigos.

Él regresó al país y yo regreso a las Alicias luego de unos años de distancia, no las volví a escribir en parte porque me era muy difícil y en parte porque el poco tiempo libre se lo he dedicado a la crianza de mi pequeña Caraotica. Ahora ella –entrando a la adolescencia-  empieza a reclamar otras cosas, menos cuidados y más atención.

Ayer, sin ir muy lejos me pidió leer una de esas Alicias de las que tanto hablo, pero que ella no había leído y le dije que al llegar a casa buscara en su gmail, porque le había enviado una, como botón para muestra. Espero que las Alicia me ayuden a generar con mi hija, como lo hizo con José Luis, otra forma de comunicarnos ya que un café en Sweet&Coffe a veces no basta.

Ojalá que las Alicias a las que vuelvo nos permitan a José, a Mariagracia y todos los que se incorporen a esta manera de contarnos las cosas un espacio para: Reconstruir la memoria del país que teníamos.

Año, 2014.

El secreto de la hallaca


El secreto de la hallaca.


El secreto está en el guiso
Y en lo suave de la masa
ya encargaron cien hallacas
¡ay! Mira qué compromiso

Gaiteros de El Tablazo.

Hace muchos años, el primer diciembre que pasamos en Caracas al llegar de El Tigre, mis hermanas pensaron en hacerle cariños  a mi madre preparando ellas las hallacas. Pero para darle la gran sorpresa no le pidieron la receta. En aquella época vivía de allegada en nuestra casa la señora Geraldina. Esta cariñosa señora, gustosamente, se ofreció guiarlas  en el delicado arte de hacer hallacas.

En realidad su ayuda consistió en, de vez en cuando,  pasar cerca de la cocina y decirles: “el secreto de la hallaca está en la masa. Al poco rato volvía a pasar y les decía: “el secreto de la hallaca, está en el guiso”. Se iba sin otra consideración para volver al rato y decirles: “el secreto de la hallaca, está en las hojas”. Para no hacerles largo el cuento, aquellas hallacas quedaron horribles y nadie pudo comerlas. Con los años mis hermanas descubrieron en dónde estaba el secreto de la hallaca y desde aquel día, todos los diciembres, alguien se acuerda de la señora Geraldina.

El primer año que pasé fuera de Venezuela, al llegar diciembre, mi paladar comenzó a extrañar el sabor característico de nuestra tierra. Pero lo resolví fácilmente, me hice invitar a pasar el 24 de diciembre a la casa de Carlos León, un venezolano que compartió parte de este exilio voluntario. Carlos León trabajaba, en aquellos años, en la Pepsi-Cola, pero su casa  era una especie de sede alterna de la Embajada de Venezuela. De hecho a su esposa Elizabeth, un poco en broma un poco en serio, la llamábamos la cónsul. En su casa de Los Ceibos nos reuníamos a compartir algo de nuestro sabor característico. Un par de veces me aparecí con una tarrina con dulce de lechosa.

En estos días conocí a una chica que había vivido muchos años en Caracas. Hablando de las navidades y las gaitas me dijo que extrañaba las hallacas. Había en sus palabras, casi, una invitación a que tratara de reproducirlas aquí. Hice algún comentario a la Harina Pan; pero me indicó rápidamente que se conseguía en El Jumbo. Que era cara, pero  se conseguía. Le ofrecí oír gaitas en mi casa, pero con un poco desconsuelo, me dijo que ella tenía gaitas en su casa. Casi me ofrezco a tratar de hacer unas pocas hallacas, pero me contuve. En realidad odio hacer hallacas.

Mi cumpleaños es el 22 de diciembre y,  desde aquel día fatídico en que mis hermanas se les ocurrió ponerse a inventar,  mi cumpleaños quedó instituido como el día oficial de la comida navideña. Por eso nunca me gustó hacer hallacas; pasé muchos cumpleaños limpiando hojas de hallaca.

Para salirme del apuro en que me puso Andrea Cruz, al acordarme de la señora Geraldina, le dije que hacer hallacas tenía su secreto y que yo no sabía dónde estaba. Andrea me miró raro y se marchó sin entender.

Año 2001



Deus ex machina

Deus ex machina.

 

Cuando entras a la escuela, te compran un lápiz. Cuando pasas al bachillerato, te regalan un Papermate y cuando, por fin, entras a la Universidad lo mejor es que veas cómo coño te haces de máquina de escribir.
Oído en la UCV.


Hace muchos años  llevé a Mariagracia al oculista, era su primera visita así que cálculo que no debe haber tenido más de 4 ó 5 años, porque mi pequeña Caraotica usa lentes casi desde que salió del vientre materno. Aquella visita no se va a borrar de mi  mente porque no puedo olvidar su cara de sorpresa al ver en el escritorio de la enfermera un aparato extrañísimo y me preguntó: “Papá, ¿qué es eso?”. Giré mi vista y igualmente que mi pequeña Mariagracia me quedé maravillado al ver una IBM Selectric.

Sí, estaba frente a mí, la mismísima Selectric. Aquella viejísima máquina de “bolitas” que era todo un portento tecnológico de la época, por primera vez se podía cambiar el tipo de letra y podías escribir algo en cursiva con un mínimo esfuerzo.  Aunque creo muy pocos lo hayamos hecho, porque las fulanas bolitas, costaban una y parte de otra. Además traía corrector incorporado que nos liberaba, por fin, del Tipex.

No lo sé, pero imagino que a Mariagracia debió producirle una disonancia cognitiva ver una computadora que no tuviera pantalla, le dije con naturalidad que era una “máquina de escribir”  y en ese momento capté que había un abismo tecnológico entre ambos. Traté de explicarle, como se le explica a un niño de 6 años, en qué consistía aquel aparato y que no tenía pantalla porque no era una computadora. Como cualquier niño de 6 años, oyó la explicación, hizo cara de entender y se desconectó; dejándome con mis recuerdos. La enfermera me regaló una mirada cómplice y comprensiva.

Nunca tuve una Selectric, las añoré siempre. Cuando tenía 14 años mi madre me regaló una máquina de escribir, pero no era una Selectric… era una Brother, ni siquiera era eléctrica era mecánica. Era de aquellas que tenían cinta bicolor rojo y negro. Con el tiempo la parte negra de la cinta se iba desgastando y la roja estaba allí, pura, virginal y desperdiciada. Así que yo solía comprar las cintas  de un solo color y cuando se desgastaba le daba vuelta a la cinta y volvía a utilizarla hasta que ya las letritas ya casi no se distinguían porque salían de un color grisáceo; entonces había que comprar una cinta nueva.

Mi madre me regaló aquella Brother porque la vieja Remintong de la casa había sobrevivido a todas mis hermanas y cuando me tocó heredarla las letras tenían la mala maña de descuadrarse y siempre había un par de letras que se colocaban en donde les daba la regalada gana, generalmente es la parte de la cinta donde la el rojo se fundía con el negro. Yo soñaba que me regalaran una máquina eléctrica, pero mi madre se apareció con una Brother sencillita, sentí lo mismo que hoy deben sentir nuestros hijos cuando aspiran un Galaxy S5 y nos aparecemos un Huawei.

Pero para qué mentirles, la Brother resultó una excelente compañera, y vivimos juntos muchas aventuras, algunas que he pasado media vida tratando de olvidarlas, pero sí fue una excelente compañera mi querida Brother. Aun extraño el sonido de la campanita (ping) que nos avisaba que estábamos por llegar al margen derecho y allí debían tener cuidado con la inspiración.

Yo nunca fui tan prolijo como mi amigo José  Cunha  y hacía directamente los trabajos sobre la máquina de escribir, en parte porque detesto escribir a mano ya que mi letra siempre fue horrible. A pesar de las miles de horas de “planas” que mi madre me ponía a hacer en las vacaciones nunca pude hacer que mis letras se circunscribieran al mínimo espacio que nos dejaban los cuadernos doble línea Caribe.  Mi madre siempre trató de corregir mi fea caligrafía, pero con esa letra tan horrible siempre guardó las ilusiones de que me hiciera médico; la decepcioné.

Ese hábito de escribir a máquina bastante rápido (aunque fuera con solo dos dedos) desde temprano me permitió que la llegada a la universidad no fuera tan traumático, porque a algún compañero de clases en la UCV se apareció con un trabajo escrito a mano y mi profesor Tomás Páez, creo que fue él, se negó a aceptárselo no sin antes enrostrarle en el epígrafe de esta Alicia.

Continuará….


Año, 2014.