Crónicas de un exilio voluntario

Crónicas de un exilio voluntario
Aquiles Nazoa

jueves, 19 de noviembre de 2015

Uno con todo

Uno con todo...


Quien no ha pedido un perro con todo en Plaza Venezuela las tresaeme, luego de una trasnochada de  San Viernes. Quien  saliendo de una tasca con “sopotocientas cervezas en una noche” no ha ido a parar a un perrocalentero de Sabana Grande a mitigar el filo que deja la Polar.

En mi época había uno que quedaba en el Obelisco de Altamira que era un verdadero maestro del oficio. Allí fui a parar un par de veces, creo que ya no existe, pero era famoso y, en aquella época,  lo conocía por su nombre de pila. Hoy mi memoria me ha abandonado y sólo recuerdo que le ponía hasta carnita mechada y quesito parmesano. Fue quien inauguró la sabia costumbre de regalarnos una colección de salsas de mil colores y sabores que poco a poco se convirtió en la insignia de una industria que vivía de los transnochadores.

El éxito de los perrocalenteros  trató de ser imitado por muchos, pero pocos lo lograron. Quien a las tresaeme no ha pensado que es un Negocio Redondo eso de vender perrocalientes y mientras pide el segundo soñó con un emprendimiento similar, y sigue soñando mientras pide el tercero; pero con full mostaza.

Es gente industriosa y el éxito viene, si viene, después de mil y una noches de trasnocho y  lidiar con borrachos y policías. Yo mismo tuve ese sueño, para luego entender que el verdadero negocio no está en vender perrocalientes sino en fabricar los benditos carros. Ambas son industrias que crecieron abrigadas por los sueños de los ingenuos que habitamos las noches caraqueñas.

En estos días abrió, aquí, operaciones McDonald´s, como en todas partes la cosa se convirtió en un acontecimiento, casi comparable con las Fiestas Patronales de Elorza, hubo rifas, desfiles, camisetas y gorras a granel.

Me acordé cuando McDonald’s abrió su primer restorán en El Rosal; eran los primeros días del fin.  Nuestra clase media, que había -de la noche a la mañana-  perdido la oportunidad de viajar a Miami, se concentró en El Rosal a recuperar algo de su grandeza perdida, para después decir que son buenas; pero no se parecen a las que comíamos en Orlando, mientras enjuagaba alguna lágrima. 

Dicen las malas lenguas que la inversión se amortizó en esos 2 primeros días de colas frente al counter de atención de famoso restorán; yo no creo. Probablemente es fruto de la maledicencia humana. El éxito es la peor carta de presentación. Si fue cierto,  no tiene nada de malo, si alguien tiene una gran idea es justo que su esfuerzo financiero sea recompensado con el éxito. Es igual que el negocio de los perrocalientes. No todos triunfan.

El triunfo de McDonald’s fue el dolor de cabeza de las otras cadenas de fast food y de algunas  Areperas, pero  los perrocalientes de Plaza Venezuela siguen alimentando, espero, las trasnochadas farras caraqueñas.

Pero lo que realmente me llamó la atención fue cuando estaba hace pocas semanas leyendo una revista de negocios donde publicaban el Índice McDonald’s. Simpático índice para medir el nivel adquisitivo de las respectivas monedas y de allí el nivel de vida de las personas en los países en donde la cadena está radicada. Es un índice muy sencillo dividen el costo del  Big Mac entre el salario promedio neto  y calculan el número de horas que se requieren en cada país  para acceder a una hamburguesa.

Si supieran cuantas horas necesita un caraqueño estar detrás de la computadora para comerse una hamburguesa seguro que si no se le quita el hambre, al menos se les quita el hipo.

Año, 1995.

La máquina de inventar recuerdos


La máquina de inventar recuerdos.


Préstame tu máquina, para yo coser
Yo no tengo máquina, se me echó a perder.
Merengue Venezolano.

Gracias a una Alicia que me envió mi buen amigo José Luis Cunha, quien se ha incorporado a esta forma de narrar las cosas -a| ratos- con más entusiasmo que el mío, descubrí que nunca le habíamos hecho un merecido homenaje a la máquina de escribir, esa que nos acompañó desde el bachillerato hasta la universidad, donde groseramente nos deshicimos de ellas rendidos ante el encanto de las PC y los procesadores de palabras.

La Alicia de José inicia de una manera extraña, ya que nos cuenta que ha regresado a las Alicias, pero también (contrariamente a lo que está sucediendo) nos cuenta que ha regresado al país, es decir mi buen amigo vive en una especie de exilio pa’dentro. Imagino que se le mezclan los recuerdos y las añoranzas. Si me tocara regresar a vivir ahora a Venezuela no imagino cómo podrían ser mis Alicias si a más de contarme a Venezuela, tuviera que contarme también el Ecuador.

Con José Luis nos conocimos hace un mojonal de años, porque gracias a la providencia alguna Alicia mía llegó a su correo electrónico, y desde ese momento nos hicimos panas. Pero fue muchos años después cuando nos vimos frente a frente en el aeropuerto de Lima y por fin nos pudimos dar un estrechón de manos y el abrazo respectivo, pero gracias a las Alicias ya éramos amigos.

Él regresó al país y yo regreso a las Alicias luego de unos años de distancia, no las volví a escribir en parte porque me era muy difícil y en parte porque el poco tiempo libre se lo he dedicado a la crianza de mi pequeña Caraotica. Ahora ella –entrando a la adolescencia-  empieza a reclamar otras cosas, menos cuidados y más atención.

Ayer, sin ir muy lejos me pidió leer una de esas Alicias de las que tanto hablo, pero que ella no había leído y le dije que al llegar a casa buscara en su gmail, porque le había enviado una, como botón para muestra. Espero que las Alicia me ayuden a generar con mi hija, como lo hizo con José Luis, otra forma de comunicarnos ya que un café en Sweet&Coffe a veces no basta.

Ojalá que las Alicias a las que vuelvo nos permitan a José, a Mariagracia y todos los que se incorporen a esta manera de contarnos las cosas un espacio para: Reconstruir la memoria del país que teníamos.

Año, 2014.

El secreto de la hallaca


El secreto de la hallaca.


El secreto está en el guiso
Y en lo suave de la masa
ya encargaron cien hallacas
¡ay! Mira qué compromiso

Gaiteros de El Tablazo.

Hace muchos años, el primer diciembre que pasamos en Caracas al llegar de El Tigre, mis hermanas pensaron en hacerle cariños  a mi madre preparando ellas las hallacas. Pero para darle la gran sorpresa no le pidieron la receta. En aquella época vivía de allegada en nuestra casa la señora Geraldina. Esta cariñosa señora, gustosamente, se ofreció guiarlas  en el delicado arte de hacer hallacas.

En realidad su ayuda consistió en, de vez en cuando,  pasar cerca de la cocina y decirles: “el secreto de la hallaca está en la masa. Al poco rato volvía a pasar y les decía: “el secreto de la hallaca, está en el guiso”. Se iba sin otra consideración para volver al rato y decirles: “el secreto de la hallaca, está en las hojas”. Para no hacerles largo el cuento, aquellas hallacas quedaron horribles y nadie pudo comerlas. Con los años mis hermanas descubrieron en dónde estaba el secreto de la hallaca y desde aquel día, todos los diciembres, alguien se acuerda de la señora Geraldina.

El primer año que pasé fuera de Venezuela, al llegar diciembre, mi paladar comenzó a extrañar el sabor característico de nuestra tierra. Pero lo resolví fácilmente, me hice invitar a pasar el 24 de diciembre a la casa de Carlos León, un venezolano que compartió parte de este exilio voluntario. Carlos León trabajaba, en aquellos años, en la Pepsi-Cola, pero su casa  era una especie de sede alterna de la Embajada de Venezuela. De hecho a su esposa Elizabeth, un poco en broma un poco en serio, la llamábamos la cónsul. En su casa de Los Ceibos nos reuníamos a compartir algo de nuestro sabor característico. Un par de veces me aparecí con una tarrina con dulce de lechosa.

En estos días conocí a una chica que había vivido muchos años en Caracas. Hablando de las navidades y las gaitas me dijo que extrañaba las hallacas. Había en sus palabras, casi, una invitación a que tratara de reproducirlas aquí. Hice algún comentario a la Harina Pan; pero me indicó rápidamente que se conseguía en El Jumbo. Que era cara, pero  se conseguía. Le ofrecí oír gaitas en mi casa, pero con un poco desconsuelo, me dijo que ella tenía gaitas en su casa. Casi me ofrezco a tratar de hacer unas pocas hallacas, pero me contuve. En realidad odio hacer hallacas.

Mi cumpleaños es el 22 de diciembre y,  desde aquel día fatídico en que mis hermanas se les ocurrió ponerse a inventar,  mi cumpleaños quedó instituido como el día oficial de la comida navideña. Por eso nunca me gustó hacer hallacas; pasé muchos cumpleaños limpiando hojas de hallaca.

Para salirme del apuro en que me puso Andrea Cruz, al acordarme de la señora Geraldina, le dije que hacer hallacas tenía su secreto y que yo no sabía dónde estaba. Andrea me miró raro y se marchó sin entender.

Año 2001



Deus ex machina

Deus ex machina.

 

Cuando entras a la escuela, te compran un lápiz. Cuando pasas al bachillerato, te regalan un Papermate y cuando, por fin, entras a la Universidad lo mejor es que veas cómo coño te haces de máquina de escribir.
Oído en la UCV.


Hace muchos años  llevé a Mariagracia al oculista, era su primera visita así que cálculo que no debe haber tenido más de 4 ó 5 años, porque mi pequeña Caraotica usa lentes casi desde que salió del vientre materno. Aquella visita no se va a borrar de mi  mente porque no puedo olvidar su cara de sorpresa al ver en el escritorio de la enfermera un aparato extrañísimo y me preguntó: “Papá, ¿qué es eso?”. Giré mi vista y igualmente que mi pequeña Mariagracia me quedé maravillado al ver una IBM Selectric.

Sí, estaba frente a mí, la mismísima Selectric. Aquella viejísima máquina de “bolitas” que era todo un portento tecnológico de la época, por primera vez se podía cambiar el tipo de letra y podías escribir algo en cursiva con un mínimo esfuerzo.  Aunque creo muy pocos lo hayamos hecho, porque las fulanas bolitas, costaban una y parte de otra. Además traía corrector incorporado que nos liberaba, por fin, del Tipex.

No lo sé, pero imagino que a Mariagracia debió producirle una disonancia cognitiva ver una computadora que no tuviera pantalla, le dije con naturalidad que era una “máquina de escribir”  y en ese momento capté que había un abismo tecnológico entre ambos. Traté de explicarle, como se le explica a un niño de 6 años, en qué consistía aquel aparato y que no tenía pantalla porque no era una computadora. Como cualquier niño de 6 años, oyó la explicación, hizo cara de entender y se desconectó; dejándome con mis recuerdos. La enfermera me regaló una mirada cómplice y comprensiva.

Nunca tuve una Selectric, las añoré siempre. Cuando tenía 14 años mi madre me regaló una máquina de escribir, pero no era una Selectric… era una Brother, ni siquiera era eléctrica era mecánica. Era de aquellas que tenían cinta bicolor rojo y negro. Con el tiempo la parte negra de la cinta se iba desgastando y la roja estaba allí, pura, virginal y desperdiciada. Así que yo solía comprar las cintas  de un solo color y cuando se desgastaba le daba vuelta a la cinta y volvía a utilizarla hasta que ya las letritas ya casi no se distinguían porque salían de un color grisáceo; entonces había que comprar una cinta nueva.

Mi madre me regaló aquella Brother porque la vieja Remintong de la casa había sobrevivido a todas mis hermanas y cuando me tocó heredarla las letras tenían la mala maña de descuadrarse y siempre había un par de letras que se colocaban en donde les daba la regalada gana, generalmente es la parte de la cinta donde la el rojo se fundía con el negro. Yo soñaba que me regalaran una máquina eléctrica, pero mi madre se apareció con una Brother sencillita, sentí lo mismo que hoy deben sentir nuestros hijos cuando aspiran un Galaxy S5 y nos aparecemos un Huawei.

Pero para qué mentirles, la Brother resultó una excelente compañera, y vivimos juntos muchas aventuras, algunas que he pasado media vida tratando de olvidarlas, pero sí fue una excelente compañera mi querida Brother. Aun extraño el sonido de la campanita (ping) que nos avisaba que estábamos por llegar al margen derecho y allí debían tener cuidado con la inspiración.

Yo nunca fui tan prolijo como mi amigo José  Cunha  y hacía directamente los trabajos sobre la máquina de escribir, en parte porque detesto escribir a mano ya que mi letra siempre fue horrible. A pesar de las miles de horas de “planas” que mi madre me ponía a hacer en las vacaciones nunca pude hacer que mis letras se circunscribieran al mínimo espacio que nos dejaban los cuadernos doble línea Caribe.  Mi madre siempre trató de corregir mi fea caligrafía, pero con esa letra tan horrible siempre guardó las ilusiones de que me hiciera médico; la decepcioné.

Ese hábito de escribir a máquina bastante rápido (aunque fuera con solo dos dedos) desde temprano me permitió que la llegada a la universidad no fuera tan traumático, porque a algún compañero de clases en la UCV se apareció con un trabajo escrito a mano y mi profesor Tomás Páez, creo que fue él, se negó a aceptárselo no sin antes enrostrarle en el epígrafe de esta Alicia.

Continuará….


Año, 2014.

Nocturno con Tostiarepa

Nocturno de poeta y el tostiarepa.


Y  así fue como el bardo
resolvió el problema:
después de rellenarla
de nubes y de estrellas,
la luna en el bolsillo
le llevó a su doncella,
y ésta, que todavía
lo esperaba despierta,
entrándole a la luna
como a cualquier arepa,
se la pegó enterita
sin ver la diferencia.

Aquiles  Nazoa

No me gusta el tostiarepas, me gusta amasar y tratar de darle forma a las aperas que he de llevarme a la boca, en parte porque no hago las arepas de la forma clásica, en parte porque es rico calcular las bocas y hacer las arepas del tamaño justo según los comensales, rindiendo tributo a aquel adagio, probablemente español, pero que se hizo carne en la Venezuela en la cual me crié: Donde comen dos, comen tres.

Y en tantos años de exilio voluntario debo prepararlas del tamaño justo para que todos podamos comer al mismo tiempo, aunque debo confesar que si estoy solo y si nadie me ve, preparo una sola y única rueda de camión, “para mi solito” como dice el comercial de una lotería local.

Mariagracia sueña con el día que pueda alejarse  de la casa, tal vez he sido un padre demasiado omnipresente y ella ansía su libertad plena, aunque cada vez que deja alguna embarrada estoy cerca para recordarle que cuando ya no esté cerca habrá  de recordarme todos los días. Al contrario de Carolina que habiendo tenido la oportunidad de irse e a vivir fuera ha hecho lo imposible por quedarse acá, huyendo a la posibilidad de alejarse del confort de tener la mamá cerca. Son muy distintas mis dos hijas.

Mariagracia dedica, religiosamente, las mañanas de sus sábados a estudiar francés, guiada por la ilusión de que eso, tal vez, le ayude ganar una beca y la oportunidad de y vivir lejos de la mirada omnipresente de su padre. Cada vez que comete alguna pendejada digna de cualquier adolescente se decirle que no se preocupe que yo la agarro en la bajadita, pero creo que ella no entiende ese sutil dicho venezolano.

Creo alguna vez Mariagracia debió haber  imaginado lo difícil que podría ser su vida sin los desayunos arepísticos del domingo en la mañana lejos de casa,  hasta que un buen  día descubrió en el tostiarepa. Con sorpresa y con ingenuidad me comentó “que había un aparatito que te permitía hacer arepas con solo poner la masa”. Creo que su sorpresa fue mayor cuando descubrió  que yo sabía de la existencia de aquel artilugio; me preguntó por qué no teníamos uno. Le respondí que darle forma a un par de arepas un día en la semana no era mucho trabajo y que en Venezuela, que comen arepas todos los días eran muy necesarios, pero que aquí no me parecía muy útil. Pero mentí, nunca fui amigo de los tostiarera. Me respondió que para cuando ella se vaya de la casa quería llevarse uno.

Le dije que no se vendían en Ecuador, pero que les escribiera a sus tías para que le mandaran uno, pero no sin antes advertirle que le dedicara un par de horas de su vida a amasar arepas. No sea que le pase como a tía política de mí de mi gran amigo José Luis Cunha en los años de su exilio limeño. José Luís me contó, mientras caminábamos por el centro de Lima y celebraba la llegada de un kilo de Maizasabrosa con el cual agasajaría a su pequeña Paula.

José Luis me contó que su tía política de visita en Lima quiso con una arepada agasajar a sus amigos peruanos, pero que como ella en su vida había amansado un budare y confiada en la magia del tostiarepas invitó a comer arepas a sus amigos peruanos. No tomó en cuenta que la corriente 220 de Lima haría añicos la magia de su tostiarepas, al final no pudo hacer las arepas a "punta de budare" dejando muy mal para la comida nacional.

Así que de vez en cuando hago que Mariagracia trate de darle forma a un par de arepas no sea que la vida me la agarre en la bajadita.

Año, 2014.



Empújale la aguja

Empújale la aguja.


Estaba yo en una fiesta
Guarachando con vigor
Y en la mitad de pieza
El disco se me rayó…
La Billos Caracas Boys.


Una de las cosas que no se me ocurrió traerme cuando salí de Venezuela fue un par de discos de Yordano, en esa época los CD eran escasos y carísimos, no había llegado la industria del “pirateo” que nos permitió copiar la música con gran calidad y a bajísimo costo. En mis años copiar una canción era prodigio de tecnología, al menos debías tener un aparato con doble casetera.

Luego llegó la internet que nos regaló una generación que si bien son amantes de la música tienen la sensación de que la música es gratis, la bajan una de la red y la escuchan hasta el cansancio, luego la borran y va a la búsqueda de la nueva canción ad aerternum. Pareciera que para ellos la música es gratis, de hecho lo es.

En mis años juveniles la cosa no era así, si nos gustaba una canción debíamos  hacer economías y con lo que poco a poco nos iba quedando de la “merienda” reuníamos lo suficiente para comprar el disco. Si solo nos gustaba una canción comprábamos la versión “single” que era como les decían los locutores de radio a los discos de 45r.p.m pero si nos gustaba una banda o grupo de rock los ahorros a veces no eran suficientes y debíamos echar mano de tíos, abuelos y hermanos mayores quienes debían, tras algunos ruegos, completarnos para comprar el Long Play.

En mis días -luego de reunir el dinerito- íbamos con paciencia a Don Disco, que quedaba en el Centro Comercial Chacaíto a ver si no habían vendido el disco que queríamos, porque entre escoger el disco y reunir el dinero, podían pasar algunas semanas. Aunque el disco seguramente no aumentara de precio (la inflación no fue una preocupación en mi primera juventud) sí podía haber sido vendido.

Por ello, mi tienda de discos preferida no era Don Disco que era mucho más grande y surtida, yo prefería ir a otra tienda que quedaba en el Centro Comercial Country que era más pequeña, pero donde los dependientes eran más amables o descuidados y eso permitía que pudiéramos poner el disco seleccionado a buen resguardo en la sección de música clásica.

Por ello creo que nuestra relación con la música era más intensa ya que no solo debíamos reunir para comprar el disco, también debíamos cuidarlos como la niña de los ojos, para que no se nos rayaran. Porque no importa cuántas canciones tuviera un LP siempre se rayaba la canción preferida; y para no alargar el cuento no  hablemos de las agujas de punta de diamante que debíamos comprar también de cuando en vez.

Esta generación del MP3, no solo no pagan por la música, tampoco cuidan sus discos, de hecho no tiene discos, su música está en unos aparatitos pequeñísimo con capacidad de almacenar toda la música del mundo, una especie de Discoteca de Babel. 

En todo caso, no se me ocurrió traerme un disco de Yordano, ni si quiera se me ocurrió traer un TDK debidamente grabado. Ello hace mucho tiempo, la música gratis no existía,   para más detalles y puedan calcular el tiempo transcurrido les puedo decir que los diskettes típicamente eran de 51/4, los de 3 ½ eran aún escasos.  

Pero el azar inmóvil que todo lo mueve hizo que conociera a Mariela Martínez y en un viaje a Playas de Villamil puso en su carro, tal vez porque sabía que me traería buenos recuerdos, un cassete de Yordano. Mi alma volvió al cuerpo y le pregunté si podía copiarlo. Le di gracias Dios que la fama de Yordano haya llegado a estos lugares, así fue como me reencontré con la fase ochentera de mi juventud.

Ese cassete de Yordano y aquel de gaitas del cual creo que ya les hablé  (que por los mismos años) me envió Celia Soonets se convirtieron en mis preciadas joyas de mi colección musical por años,  hasta la llegada del MP3 y el Youtube que me ha permitido reencontrarme con millones de canciones que sazonaron nuestra juventud.  Pero no deja de dar cierta tristeza sabe que si esto fuera leído por algún jovencito de este siglo no logren entender la frase que intitula esta crónica.

Año, 2014.



Así es nuestra tradición

Así es nuestra tradición.


Una gaita aquí, una gaita allá,
Un homenaje a la Chiquinquirá.
Un palito aquí, otro más allá....
Así es nuestra Navidad.

Fiesta decembrina.
Cardenales del éxito.

En los años que vivimos en Chile nuestra Carolina estudió en un colegio de monjas, el Villa María Academy. Al principio lo odió con toda sus fuerzas, al venirnos lloró  durante días por dejar su colegio. Era un buen colegio y creo que Carolina disfrutó el par de años que pasó allí. Cuando llegó a tercer grado hubo que empezar a preparar la Primera Comunión. Como buen colegio de congregación lo involucraban -o al menos lo intentaban-  a uno con las actividades de la pastoral. Así que la preparación de la Primera Comunión que en cualquier colegio laico no consumiría más de un par de meses en el Villa María se llevaba un poco más de un año. Ya metidos es este lío de la  preparación de la Primera Comunión de Carolina nos tuvimos que incorporar a un grupo de reflexión bíblica.

Los primeros miércoles de cada mes nos reuníamos en casa de alguno de los padres para conversar sobre las enseñanzas católicas. En la forma que la pastoral organizaba las charlas cada semana le tocaba a una pareja prestar la casa y preparar los refrigerios y a otra preparar la charla. Catalina, que sabe que no soy exactamente muy piadoso, cuando nos tocó a nosotros ella se reservó la preparación de las viandas y me dejó la preparación de charla. Tal vez ella, ingenuamente, pensó que eso me ayudaría a llegar algún día al cielo.

Por azar, nos tocó como tema Los Días del Adviento. Yo no tenía de aquella tradición mayor  referencia que haber oído de ella alguna vez a Celia Soonets   (argentina de ascendencia estoniana y sirva esto como fe de erratas) y siempre me pareció que no era más que una tradición nórdica, siempre creí que era una tradición nacional como para nosotros lo es el pesebre navideño, el pan de jamón o el amigo secreto.

Coincidió la charla con nuestra partida, así que nos tocó despedirnos y hablarles al resto del grupo de la preparación de las navidades. Claro que traté de ceñirme a las enseñanzas bíblicas y por unos 5 ó 6 minutos lo logré.

Si me hubiera tocado cualquiera de los otros 13 temas, o si Catalina no hubiera tratado de comprometerme, hubiera sido más piadoso, pero allí parado frente a un montón de gente que, a pesar de haberme visto por casi todo un año, no sabían quién soy. Puesto allí en los primeros días de noviembre y con las ganas de ir a oír gaitas en el Hawaii Kai no pude resistir de hablarles de mis gaitas. De mi cassette de gaitas que me ha acompañado todos estos largos años de exilio voluntario. No me pude resistir en explicarles que las navidades inician con la feria de La Chinita, que para mí no hay acto más piadoso que dedicar estos últimos dos meses del año a las gaitas decembrinas.

Ellos en vano trataban de imaginar cómo sería aquella música y noté en sus ojos que se imaginaban coros de iglesias y esas cosas. Fue allí cuando les aclaré que nuestras gaitas estaban más cerca de la salsa que de la música escocesa.

Pude ver el horror dibujarse en los rostros de algunos. Tuve que explicarles que para nosotros la Navidad es fundamentalmente alegría y que cuando estamos alegres, no sé por qué, le provoca  bailar.

Año, 2001.

In memoriam

In Memoriam: Eliodoro González P.



Solo en casa, mientras esperaba que fuera 26 de diciembre y poder regresar a la oficina, me quedé viendo CCN en Español.  Me conmovió, para que negarlo, el reportaje de la CNN sobre las Navidades venezolanas. Coincidí con Claudio Nazoa que Las Navidades sin hallacas es como tener abuelita pero muerta.

Sentí envidia de no tener un trozo de hallaca para llevármelo a la boca. Era la primera vez, en años, que no había tenido una hallaca para comerla como si fuera la  sagrada hostia. Es decir masticando de a poquito y  casi chupándola con la parte final de la garganta. Por algún azar siempre había tenido una hallaca para comerla en Navidades. Ese año no hubo hallaca, ni pan de jamón, ni dulce de lechosa, ni ensalada de gallina, ni jamón planchado, ni pernil de cochino, ni torta negra, ni nada.

A mi humilde, parecer nuestra cultura culinaria es pobre durante todo el año; pero en diciembre abundan los platos típicos.  Parece extraño, pero si alguien te pregunta cuál es el plato típico venezolano, no pasas de La Arepa, y El Pabellón, si haces un esfuerzo La Cachapa. Puedes nombrar otros; pero tienen la debilidad de lo efímero y altamente esporádico. ¿Cuál es nuestro plato típico de Semana Santa? alguien puede decir que el Pastel de Morrocoy, pero eso está circunscrito a las riberas orientales del Orinoco. No llega a la dimensión nacional de la fanesca.

Que comemos los caraqueños el Día de Muertos, sonará  una exageración pero para mí es Chaulafán y Chop Suey. Si eres de los que van al Cementerio del Este, regresas hecho trizas después de la cola de ida y vuelta. Todos paramos en el restorán chino de la esquina, porque en todas las esquinas hay uno, y como autómatas, pedimos todos lo mismo: arroz chino y  Chop Suey. Nada comparable con las Guaguas de pan y  colada morada.

Pero en diciembre la cosa cambia, los platos son múltiples y más o menos homogéneos en toda Venezuela. Quizás sea el efecto del mestizaje, y por ello nuestra comida típica evolucionó rápidamente hasta perderse en una vorágine de influencias foráneas. Para mí El Pasticho es un plato típico venezolano, claro que es una lasaña, pero nos dimos la tarea de cambiarle el nombre y apropiarnos de él.

Entre todas las comidas ceremoniales, hay una que se impuso a fuerza de costumbre, de tradición, de calar en el gusto popular y de ganarse un par de medallas hace un mojonal de años: El Ponche Crema de Eliodoro Gonzaléz P.

No hay una Cesta de Navidad que no lleve una botella de Ponche Crema y nadie se toma un Ponche Crema en Abril.  Ha sido tan grande el éxito del bendito brebaje que se han popularizado recetas caseras de Ponche Crema. La sabiduría popular se las ha ingeniado para superarlo. Para devolverle  el  toque de nuez moscada y el espesor perdido. Ponche Crema es ya un genérico, en mi casa como en todas se prepara un Ponche Crema, pero en mi casa lo llamamos leche ’e burra y es tan bueno que casi puedo decir que el Mejor Ponche Crema es el de mi mamá.


Año, 1996.

El pan de jamón

Una noche de bohemia en Guayaquil.





Hoy fui a probar el pan de jamón que está vendiendo mi buen amigo Roger Cárdenas en sus locales de comida venezolana aquí en Quito. Hace quince años no había muchos venezolanos por estas tierras y por lo tanto no había locales de comida venezolana, si querías una arepa de “carne mechá” o alguna otra exquisitez de la comida venezolana tenías que hacértela en casa.

Hoy la cosa ha cambiado y hay muchos y buenos locales de comida venezolana. Entre ellos Na`Guara, un lindo restaurante de comida venezolana atendido con una linda sonrisa venezolana.

Hace 15 años, como no había restaurantes de comida típica en Ecuador,  me armé de paciencia, cariño y recuerdos para reconstruir mi herencia culinaria entre ellas el pan de jamón que me ganó amigos y cariños en Guayaquil. La cocina todavía me sigue ganado amigos e historias. La comida y el acto supremo de cocinar para los tuyos construyen  historias hermosas. Mariagracia se refiere a mi manera de preparar el chocolate como el “Chocolate de la Abuelita Luz” y crecerá creyendo que las tostadas francesas son un invento caraqueño.

Hace unos días, una buena amiga de aquellos años guayaquileños me preguntó si este año iba hacer Pan de Jamón para anotarse con “algunitos”, graciosa expresión ecuatoriana que tratan de minimizar el número final, suenan poquitos; pero son bastantes.  Aquella buena amiga a quien hice probar el manjar caraqueño en mis primeros años de residencia en la Perla del Pacífico me comentó que le parecía una excelente idea para los regalos navideños de su empresa, y para convencer hasta me ofreció pagármelos.

Le comenté que hacer panes de jamón siempre fue para mí un acto de supremo amor y que no pensaría en lucrar con ellos, digamos en buen guayaquileño: “que me le barajé” fue un pretexto para como diríamos en Venezuela “sacarle el cuerpo” a la dura tarea de amasar 20 panes de jamón. Hacer pan de jamón –para quien, como yo, amasa a mano- solo se explica como un acto de amor, por lo tanto que no me pidiera someterme a esa dura tarea.

Además luego de muchos años me iría a pasar la navidades en Caracas y en cada esquina tendría olor a pan de jamón así que no tenía motivos para dedicarme a la amasadera de pan. Aunque estoy tentado a hacer un par para dejarlos en casa y que los coman en la cena del veinticuatro, no se tal vez no los haga y todo quede allí en una sana y postergada intención.

Empero me comprometí con Mariela Martínez a buscarle un pan de jamón entre los muchos locales de comida venezolana que han proliferado en esta hermosa ciudad que nos ha dado cobijo en este éxodo de venezolanos,  aunque bien vista la cosa, como aquel refrán rezaba, tanto nadar pa´morir en la orilla.

Así que fui a visitar y a probar los panes de jamón de Roger y los acompañe con un papelón con limón (sé que igual que yo piensan que es una rara combinación) pasé un rato allí haciendo tiempo para ir a visitar a un cliente, con eso del Blackberry ya podemos hacer oficina desde cualquier lugar, era viernes y el tráfico me hizo desistir de volver a casa.

En mis años guayaquileños, años de la bohemia, me gané algunos buenos amigos a punta e’ pan de jamón. Pero, en todo caso,  pero no dejó de parecerme hermoso que alguien que no haya nacido en Venezuela lleguen las navidades y se acuerde del tierno sabor de un buen pan de jamón.

Año, 2009.


La maña de pedir fiao...

La maña de pedir fiao.


Mi limo, mi limonero
Entero me gusta más
Un inglés dijo Ye Yé
Un francés dijo La Lá.

Henry Stephen.

Hoy pude mirar, mientras le daba su tetero –palabra que merece su propia Alicia- a Mariagracia, en la Televisión Española a un simpático cocinero –de cuyo nombre no puedo acordarme- que muy amenamente nos hace pensar que cualquiera puede entrar en la cocina y preparar ricos platos. Este jovial cocinero tiene desde hace muchos años un programa de TV que en balde ha tratado de ser imitado por muchos, y en muchas partes, sin lograr la simpleza de sus deliciosas preparaciones. Hoy, por ejemplo, nos deleitó con un bacalao en salsa de pimientos verdes. Me quedé mirándolo y pensando que lo podría reproducir –mutatis mutandis- con un filete de corvina. Para mí el bacalao siempre será salado y cuya única utilidad será sustituir al Morrocoy en el pastel de la Semana Mayor.

Hace algún tiempo  Celia Soonets, una amiga que vive su propio exilio voluntario, me envió un mail muy entretenido que pretendía hacernos dar cuenta de cuan viejo somos. El mail en cuestión preguntaba por cosas que definitivamente sólo podrías contestar si eres tan viejo como yo. Una de aquellas preguntas nos interrogaba por el jingle de Rikomalt, pasé horas tratando de recordar aquel jingle, pero no pude. Mi frágil memoria siempre me hace malas pasadas. Apenas logré recordar que en algún momento Las cuatro monedas hicieron un comercial para la marca de leche malteada.

Al darme cuenta que de verdad podía contestar casi todas y cada una de aquellas preguntas comencé a sentirme viejo. Uno no se da cuenta, pero con el tiempo comienzas a dividir tu vida por décadas y que casi sin darte cuenta estás más allá de la mitad de la vida.  Así que mandé a aquel mail a mi personal papelera de reciclaje, un archivo donde acumulo los mail que mandan mis amigos. No sin antes jurar que cuando fuera a Caracas me tomaría un Rikomalt con la esperanza, de que al probarlo,  recordaría aquel viejo jingle.

Cuando fuimos a Venezuela, de regreso de Morrocoy -el Parque Nacional- paramos en Valencia. En la primera  panadería que encontramos pedí, además de las dos botellas de agua mineral y una Sprite para Carolina, un Rikomalt,  para mi decepción y sorpresa el portugués me dijo no había. Supe, inmediatamente, que pasaría lo mismo que con la arepa de reina pepiá; por años estaría buscándola sin poder, por extraña razón, encontrarla.

Para los que no lo recuerden  Las cuatro monedas fueron una versión criolla de The Jackson’s Five (de cuando los 5 eran bien negritos).  Los hermanitos O´Brian  por años estuvieron todos los miércoles, de la mano de Gilberto Correa, en De Fiesta con Venevisión   cantando y bailando todos vestidos muy igualitos, con trajes de lentejuelas y esas cosas que se usaban en aquella época de la TV a blanco y negro.  No sé si fue la breve incursión de Las cuatro monedas en la música publicitaria o la incorporación de Gregory, el hermanito menor, lo que dio al traste hasta con el nombre del grupo. En todo caso y desde aquel momento Las cuatro monedas entraron en mi más profundo olvido y creo que en el de muchos otros.

Al oír al cocinero español (sigo sin poder recordar su nombre) cantar la primera estrofa de aquella canción, que le ganó instantes de fama a Henry Stephen en La Madre Patria (supongo que gracias a algún carnaval en las Islas Canarias) sin querer, y sin poder evitarlo, me acordé de esta vieja Alicia que había quedado inconclusa por más de 2 años en mi personal papelera de reciclaje, decidí terminarla y enviársela a Celia –creo que nunca le contesté su mail-  Al oír cantar, a este dicharachero cocinero, aquella vieja canción me di cuenta que soy más viejo que el hilo negro.

Año, 2002.