Crónicas de un exilio voluntario

Crónicas de un exilio voluntario
Aquiles Nazoa

jueves, 19 de noviembre de 2015

El pan de jamón

Una noche de bohemia en Guayaquil.





Hoy fui a probar el pan de jamón que está vendiendo mi buen amigo Roger Cárdenas en sus locales de comida venezolana aquí en Quito. Hace quince años no había muchos venezolanos por estas tierras y por lo tanto no había locales de comida venezolana, si querías una arepa de “carne mechá” o alguna otra exquisitez de la comida venezolana tenías que hacértela en casa.

Hoy la cosa ha cambiado y hay muchos y buenos locales de comida venezolana. Entre ellos Na`Guara, un lindo restaurante de comida venezolana atendido con una linda sonrisa venezolana.

Hace 15 años, como no había restaurantes de comida típica en Ecuador,  me armé de paciencia, cariño y recuerdos para reconstruir mi herencia culinaria entre ellas el pan de jamón que me ganó amigos y cariños en Guayaquil. La cocina todavía me sigue ganado amigos e historias. La comida y el acto supremo de cocinar para los tuyos construyen  historias hermosas. Mariagracia se refiere a mi manera de preparar el chocolate como el “Chocolate de la Abuelita Luz” y crecerá creyendo que las tostadas francesas son un invento caraqueño.

Hace unos días, una buena amiga de aquellos años guayaquileños me preguntó si este año iba hacer Pan de Jamón para anotarse con “algunitos”, graciosa expresión ecuatoriana que tratan de minimizar el número final, suenan poquitos; pero son bastantes.  Aquella buena amiga a quien hice probar el manjar caraqueño en mis primeros años de residencia en la Perla del Pacífico me comentó que le parecía una excelente idea para los regalos navideños de su empresa, y para convencer hasta me ofreció pagármelos.

Le comenté que hacer panes de jamón siempre fue para mí un acto de supremo amor y que no pensaría en lucrar con ellos, digamos en buen guayaquileño: “que me le barajé” fue un pretexto para como diríamos en Venezuela “sacarle el cuerpo” a la dura tarea de amasar 20 panes de jamón. Hacer pan de jamón –para quien, como yo, amasa a mano- solo se explica como un acto de amor, por lo tanto que no me pidiera someterme a esa dura tarea.

Además luego de muchos años me iría a pasar la navidades en Caracas y en cada esquina tendría olor a pan de jamón así que no tenía motivos para dedicarme a la amasadera de pan. Aunque estoy tentado a hacer un par para dejarlos en casa y que los coman en la cena del veinticuatro, no se tal vez no los haga y todo quede allí en una sana y postergada intención.

Empero me comprometí con Mariela Martínez a buscarle un pan de jamón entre los muchos locales de comida venezolana que han proliferado en esta hermosa ciudad que nos ha dado cobijo en este éxodo de venezolanos,  aunque bien vista la cosa, como aquel refrán rezaba, tanto nadar pa´morir en la orilla.

Así que fui a visitar y a probar los panes de jamón de Roger y los acompañe con un papelón con limón (sé que igual que yo piensan que es una rara combinación) pasé un rato allí haciendo tiempo para ir a visitar a un cliente, con eso del Blackberry ya podemos hacer oficina desde cualquier lugar, era viernes y el tráfico me hizo desistir de volver a casa.

En mis años guayaquileños, años de la bohemia, me gané algunos buenos amigos a punta e’ pan de jamón. Pero, en todo caso,  pero no dejó de parecerme hermoso que alguien que no haya nacido en Venezuela lleguen las navidades y se acuerde del tierno sabor de un buen pan de jamón.

Año, 2009.


La maña de pedir fiao...

La maña de pedir fiao.


Mi limo, mi limonero
Entero me gusta más
Un inglés dijo Ye Yé
Un francés dijo La Lá.

Henry Stephen.

Hoy pude mirar, mientras le daba su tetero –palabra que merece su propia Alicia- a Mariagracia, en la Televisión Española a un simpático cocinero –de cuyo nombre no puedo acordarme- que muy amenamente nos hace pensar que cualquiera puede entrar en la cocina y preparar ricos platos. Este jovial cocinero tiene desde hace muchos años un programa de TV que en balde ha tratado de ser imitado por muchos, y en muchas partes, sin lograr la simpleza de sus deliciosas preparaciones. Hoy, por ejemplo, nos deleitó con un bacalao en salsa de pimientos verdes. Me quedé mirándolo y pensando que lo podría reproducir –mutatis mutandis- con un filete de corvina. Para mí el bacalao siempre será salado y cuya única utilidad será sustituir al Morrocoy en el pastel de la Semana Mayor.

Hace algún tiempo  Celia Soonets, una amiga que vive su propio exilio voluntario, me envió un mail muy entretenido que pretendía hacernos dar cuenta de cuan viejo somos. El mail en cuestión preguntaba por cosas que definitivamente sólo podrías contestar si eres tan viejo como yo. Una de aquellas preguntas nos interrogaba por el jingle de Rikomalt, pasé horas tratando de recordar aquel jingle, pero no pude. Mi frágil memoria siempre me hace malas pasadas. Apenas logré recordar que en algún momento Las cuatro monedas hicieron un comercial para la marca de leche malteada.

Al darme cuenta que de verdad podía contestar casi todas y cada una de aquellas preguntas comencé a sentirme viejo. Uno no se da cuenta, pero con el tiempo comienzas a dividir tu vida por décadas y que casi sin darte cuenta estás más allá de la mitad de la vida.  Así que mandé a aquel mail a mi personal papelera de reciclaje, un archivo donde acumulo los mail que mandan mis amigos. No sin antes jurar que cuando fuera a Caracas me tomaría un Rikomalt con la esperanza, de que al probarlo,  recordaría aquel viejo jingle.

Cuando fuimos a Venezuela, de regreso de Morrocoy -el Parque Nacional- paramos en Valencia. En la primera  panadería que encontramos pedí, además de las dos botellas de agua mineral y una Sprite para Carolina, un Rikomalt,  para mi decepción y sorpresa el portugués me dijo no había. Supe, inmediatamente, que pasaría lo mismo que con la arepa de reina pepiá; por años estaría buscándola sin poder, por extraña razón, encontrarla.

Para los que no lo recuerden  Las cuatro monedas fueron una versión criolla de The Jackson’s Five (de cuando los 5 eran bien negritos).  Los hermanitos O´Brian  por años estuvieron todos los miércoles, de la mano de Gilberto Correa, en De Fiesta con Venevisión   cantando y bailando todos vestidos muy igualitos, con trajes de lentejuelas y esas cosas que se usaban en aquella época de la TV a blanco y negro.  No sé si fue la breve incursión de Las cuatro monedas en la música publicitaria o la incorporación de Gregory, el hermanito menor, lo que dio al traste hasta con el nombre del grupo. En todo caso y desde aquel momento Las cuatro monedas entraron en mi más profundo olvido y creo que en el de muchos otros.

Al oír al cocinero español (sigo sin poder recordar su nombre) cantar la primera estrofa de aquella canción, que le ganó instantes de fama a Henry Stephen en La Madre Patria (supongo que gracias a algún carnaval en las Islas Canarias) sin querer, y sin poder evitarlo, me acordé de esta vieja Alicia que había quedado inconclusa por más de 2 años en mi personal papelera de reciclaje, decidí terminarla y enviársela a Celia –creo que nunca le contesté su mail-  Al oír cantar, a este dicharachero cocinero, aquella vieja canción me di cuenta que soy más viejo que el hilo negro.

Año, 2002.


viernes, 7 de septiembre de 2012

Los hijos de la Valiente.






Sola, fané, descangayada
la vi está madrugada
salir de un cabaret.
 
La voz eterna de Carlos Gardel.


Era el nombre de un grupo de rock ecuatoriano que era muy famoso por los años noventa cuando recién el destino me puso a vivir en “extraña nación.” Era un nombre que no me decía nada al igual que Cacería de Lagartos u otros muchos nombres ingeniosos que decoraban el repertorio de nombres de grupos de rock, pero como el rock no me apasiona no le paré bolas a nombre. Unos pocos años luego entendí que aludía a una expresión vernácula: La valiente puta que te parió. Recién ahí comprendí que era un nombre travieso,  iconoclasta, irreverente,  y simbólico como si se les hubiese ocurrido llamarse “los amigos invisibles” o “el pez que fuma.”

Hace unos años conocí a Balmore Moreno, amigo quien el destino lo trae al Ecuador un par de veces al año y cada vez que viene nos damos modos para invitarlo a casa y degustar alguna cosita, aunque todavía le debemos una paella valenciana  que Alexis González, un hermano hecho aquí en el exilio voluntario, promete pagarle en cuanto vuelva. Cuando conocí al Balmore su cara se me hacía conocida, pero no podía ubicar en donde carajo lo había visto y no fue hasta que Ela, su ex-esposa, nos presentó mas formalmente que supe de donde esa cara se me hacía tan conocida. Balmore participó en más de una de esas películas sesetentianas que contribuyeron a crear en nuestro inconsciente colectivo que podíamos hacer cine y cualquier otra cosa que nos diera la gana, eran los cuatrotrientísticos años setenta. La mayoría de las películas en las que Balmore participó las había visto en los años de mi más tierna juventud, pero reconocerlo no era fácil ya que los años habían borrado su cabellera.

Siempre que nos reunimos con Balmore terminamos hablando aquellas películas -y de aquella época dulce-  las cuales se desdibujan en nuestra memoria. Ela, siempre cuenta que hizo un papel en los años que era esposa de Balmore en el Pez que Fuma. El Azar Inmóvil que todo lo mueve me colocó en la situación de no tener TVcable y debí recurrir a Youtube y mirarme algunas películas viejas ya que dormir en el silencio total, para mí, es casi imposible. Así que al tercer día, resucitó de entre los muertos el Pez que Fuma. La miré con atención porque quería reconocer a Ela, pero no pude; a Balmore lo pillé en una escena cortita. Imagino que en el trance de filmar una película en un burdel venezolano hacían falta un par de extras y en medio de esa algarabía que es un burdel, así sea de película,  Roman Chalbauld  le debe haber dicho: “Balmore, deja lo que estás haciendo y párate allí como que estás saliendo del burdel.” El papel de Ela debió ser más pequeño aún o los años que han pasado no me permitieron reconocerla. Pero Igual me vi la película completa. Reconozco que no era de mis preferidas así que me pasé unos días antes de enfrentarla. Me deleité con otras que me habían sido, en su época, más sencillas de entender.

Es una película de culto -declara quien la colgó en Youtube- me pareció un poco exagerado; pero debo confesar que hubo un par de simbolismos interesantes, pero no soy crítico de cine así que  puedo ver un simbolismo donde  no hay más que una escena de relleno o alguna pendejada del director;  pero hubo cosas en la película que te ponen a pensar. Debo reconocer que tal como la primera vez me costó verla, y entenderla. A ratos me provocaba pasarme a ver otra cosa. Claro que, como la primera vez,  darse el lujo de ver a Haydee Balza como Dios la trajo al mundo me mantenía en estado expectante. No voy a negar que sí me llamó la atención que todas las artistas que hacían de puta (y las que no) en la película tenían tetas de un tamaño digamos que normal y recordé una frase de un amigo -que cuando empezó esta epidemia de las cirugías de aumento de senos, tal vez para no hacer sentir mal a su hermosa esposa- siempre decía: “la teta, que en la mano quepa”. Qué tiempos aquellos que el talento no se medía en centímetros cúbicos y si una mujer tenía  la “mala suerte” de tener tetas pequeñas podía encontrar un papel en una película de Roman Chalbaud.

Esta vez, al contrario de la primera vez, creo que es una gran película. Difícil de entender, porque si te ponen como premisa que el país es un burdel a mas de ser ofensivo, distrae. Pero  es una gran película. Convengamos que Venezuela es un burdel y  que como en cualquier burdel tienes que quedarte hasta que encienden las luces o irse muy temprano. Si te quedas hasta al final nadie te quita lo bailado, y si te vas temprano siempre pueda la excusa de: “Yo no sé, yo no estaba ahí.” La música excepcional, si filmaran hoy día, no tengo idea que podría sustituir a La Violetera (simbólicamente hablando)  como tema, mi cultura regetonera no llega para musicalizarla, y, que, quede claro  que hace muchos  años que no paso una noche en un burdel así que me disculpo en mi ignorancia.
Pero si debo coincidir que es una película acerca del poder y sus bajezas.  Si Venezuela es un burdel -simbólicamente hablando, claro está-  la renta petrolera es la “valiente puta que nos parió.” Los políticos han sido los grandes chulos de esa riqueza, me refiero a la renta petrolera. Es irónico ver a Orlando Urdaneta encarnar el chulo de turno, al “paracaidista” que llega al burdel casi muerto de hambre y buscando empleo de cualquier cosa, para luego traicionar a su maestro (Miguel Ángel Landa) quitarle el burdel y quedarse con el amor de la matrona, que en medio de un “intentona” de sexo desenfrenado y por los innumerables  errores cometidos por antiguo y agotado  chulo, decide cambiarlo por uno nuevo. 

Digo que es irónico porque ver a Orlando, me voy a permitir tratarlo como si fuéramos panas, encarnar en  la película, aunque sea de hace más de 30 años, a  Chávez es, cuando menos, irónico. En la película vimos pasar a Orlando Urdaneta pasar de una franelita bluyines gastados  a ser el potentado de traje cortado a la medida. En resumen de cuidador de baños a ser el chulo mayor que está allí para despilfarrar, a manos llenas, la riqueza que produce el burdel. 

Falta un mes para las elecciones, no encuentro mi pasaporte, no sé si podré ir a votar. Pero  no dejo de preguntarme viendo la escena final de la película que carajo habrá dejado Orlando en la pancita de Haydee Balza. 

martes, 27 de diciembre de 2011

Huele a Navidad, aunque algo falta (09/11/2005)



"Compay, venga una brazo
ésta noche el año se termina,
a las doce lo espero en la esquina para que brindemos,
pero Compay, venga un abrazo,
No me diga que va a empezar a llorar
Siéntase alegre de estar vivo en ésta hora
que el hombre macho no llora"

Maracaibo 15 (Venga un Abrazo)

Esta mañana me fui con mi socio a desayunar en el Tottus; un nuevo hipermercado que han instalado acá en Lima (San Isidro). Pancitos Pizza de la panadería, un Yogur y un gatorade (Seis soles veinte); y nos sentamos en una de las mesas que estratégicamente los empresarios han dispuesto para éstos fines; con los clásicos televisores a un costado con los noticieros y el movimiento cotidiano de una mañana en un centro de compras masivas.

Noté con asombro que la decoración había cambiado, hasta la semana pasada que fui a tomar desayuno al mismo sitio había aún algodones simulando telarañas; (motivos de halloween); así como las inapelables calabazas y motivos de brujas y fantasmitas de la tradicional fiesta norteamericana.

En cambio ahora noté los inconfundibles colores rojo y verde, predominando sobre el frío decorado de la publicidad de jamones, tragos y otros productos. Papá noeles (San nicolases), luces intermitente, árboles de pino artificial decorados: la navidad está cerca.

Sin embargo, toda esa decoración que si bien es la misma que nos podemos encontrar en cualquier local venezolano en vísperas de las fiestas decembrinas, el sentimiento definitivamente no es el mismo. Tal vez a muchos de los que hemos emigrado fuera de Venezuela nos ocurra lo mismo; nada de lo que vemos, aunque sea igual o similar a lo que estamos acostumbrados, nos parece “completo”.

¿Qué faltaba?. No lo sé. Quizá una gaita sonando de fondo en el hilo musical del hipermercado, o el olor de las hallacas; los jamones planchados dispuestos en sus cajitas en forma de árbol de navidad. La verdad, sigo sin entender qué es lo que falta, pero definitivamente hay un hueco profundo entre todo ese ambiente y el sentimiento de la cercanía de la navidad.

Para éste país la navidad, sin dejar de ser emotiva, no es más que una fiesta en que el 24 lo pasas con tu familia (si es que puedes) y te reúnes a cantar villancicos y a cenar; y el año nuevo es una “juerga” desmedida que pasas con tus amigos, en la playa, en el campo o en la montaña, y en donde el trago y el baile marcan la pauta.

Creo que nunca llegaré a comprender cómo es posible que alguien no pase el año nuevo con su familia; vestido con la ropita nueva, escuchando en Radio Rumbo o Radio Reloj el “Faltan cinco pa` las doce el año va a terminar” … los sonidos de los triquitraquis, tumbarranchos, los niños correteando con sus estrellitas en la mano; la mesa dispuesta con ensalada de gallina, pan de jamón, hallacas, pernil; esperando el cañonazo para poner a Maracaibo 15 y poder abrazar a toda tu familia, muchas veces con lágrimas en los ojos, deseándoles a todos un feliz año; aún con la servilleta en la mano, esa que minutos antes contenía 12 uvas que lentamente comimos rememorando mes por mes el año que se va.

Recuerdo que cuando era chico, veía a mi madre, mis tías, mis hermanas; que a las 12 de la noche indefectiblemente lloraban, y así con sus rostros corridos de pintura por efecto de las lágrimas, me abrazaban fuertemente diciéndome lo mucho que me querían, rogándole a Dios porque me cuidara e iluminara por ese año y por siempre. Alguna vez, o varias veces, les pregunté del por qué lloraban en ese momento, y la respuesta siempre era la misma “cuando crezcas lo comprenderás”.

Hace mucho que comprendí esa energía, el estar en familia, juntos, bailando y celebrando; incluso con familiares que posiblemente no ves en todo el año, y en ese momento mágico de las 12 de la noche del 31 de diciembre – 1 de enero, están contigo para darte un abrazo y desearte  que todo te vaya bien; que el año venidero te colme de bendiciones y que se cumplan tus deseos.

Tocan el timbre, son los vecinos que igualmente vienen a darte un abrazo y a compartir un trago, una hallaca, un pedacito de pernil. Al rato, eres tu quien toca la puerta del otro vecino, en un hermoso ritual en donde la paz y la armonía es la que manda.

¿Cómo puede uno explicarle a alguien semejante cosa?. Ahora mismo escribiendo éstas líneas, me siento muy afortunado de que mis navidades hayan sido de ésta forma y no de otra; sin despreciar o desestimar de cómo la pasan en otros lados…

no es por nada, como nuestras navidades, no hay otra.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Así es nuestra tradición.

Una gaita aquí, una gaita allá,
Un homenaje a la Chiquinquirá.
Un palito aquí, otro más allá....
Así es nuestra Navidad.
 
Fiesta decembrina.
Cardenales del éxito.
                                                      
En los años que vivimos en Chile nuestra Carolina estudió en un colegio de monjas, el Villa María Academy. Al principio lo odió con toda sus fuerzas, al venirnos lloró  durante días por dejar su colegio. Era un buen colegio y creo que Carolina disfrutó el par de años que pasó allí. Cuando llegó a tercer grado hubo que empezar a preparar la Primera Comunión. Como buen colegio de congregación lo involucraban -o al menos lo intentaban-  a uno con las actividades de la pastoral. Así que la preparación de la Primera Comunión que en cualquier colegio laico no consumiría más de un par de meses en el Villa María se llevaba un poco mas de un año. Ya metidos es este lío de la  preparación de la Primera Comunión de Carolina nos tuvimos que incorporar a un grupo de reflexión bíblica.

Los primeros miércoles de cada mes nos reuníamos en casa de alguno de los padres para conversar sobre las enseñanzas católicas. En la forma que la pastoral organizaba las charlas cada semana le tocaba a una pareja prestar la casa y preparar los refrigerios y a otra preparar la charla. Catalina, que sabe que no soy exactamente muy piadoso, cuando nos tocó a nosotros ella se reservó la preparación de las viandas y me dejó la preparación de charla. Tal vez ella, ingenuamente, pensó que eso me ayudaría a llegar algún día al cielo. Por azar, nos tocó como tema Los Días del Adviento. Yo no tenía de aquella tradición mayor  referencia que haber oído de ella alguna vez a Celia Soonets   (argentina de ascendencia estoniana y sirva esto como fe de erratas) y siempre me pareció que no era mas que una tradición nórdica, siempre creí que era una tradición nacional como para nosotros lo es el pesebre navideño, el pan de jamón o el amigo secreto.

Coincidió la charla con nuestra partida, así que nos tocó despedirnos y hablarles al resto del grupo de la preparación de las navidades. Claro que traté de ceñirme a las enseñanzas bíblicas y por unos 5 ó 6 minutos lo logré. Si me hubiera tocado cualquiera de los otros 13 temas, o si Catalina no hubiera tratado de comprometerme, hubiera sido más piadoso, pero allí parado frente a un montón de gente que, a pesar de haberme visto por casi todo un año, no sabían quien soy. Puesto allí en los primeros días de noviembre y con las ganas de ir a oír gaitas en el Hawaii Kai no pude resistir de hablarles de mis gaitas. De mi cassette de gaitas que me ha acompañado todos estos largos años. No me pude resistir en explicarles que las navidades inician con la feria de La Chinita, que para mi no hay acto más piadoso que dedicar estos últimos dos meses del año a las gaitas decembrinas.

Ellos en vano trataban de imaginar cómo sería aquella música y noté en sus ojos que se imaginaban coros de iglesias y esas cosas. Fue allí cuando les aclaré que la gaita estaba más cerca de la salsa que de los villancicos. Y pude ver el horror dibujarse en los rostros de algunos. Tuve que explicarles que para nosotros la Navidad es fundamentalmente alegría y que cuando uno está alegre, no sé por qué, le provoca  bailar.


domingo, 25 de julio de 2010

La función debe continuar…

 Siempre que tengo oportunidad, y digo muy responsablemente la palabra “siempre”, me dejo resbalar al rincón del estante ubicado en la sala de la casa de mis padres y sentarme en posición de loto frente a los álbumes de fotos que, empolvados, llevan años guardados en el mismo lugar. Con olor a guardado, dentro de sus páginas de papel y plástico guardan tantas imágenes de la vida de todos los que conmigo crecieron; algunos que ya no están, otros que gracias a la vida siguen estando pero ya más cansados… imágenes donde hay cabellos negros donde hoy hay canas, modas pasadas que saltan a la vista en vestimentas clásicas de esos días que hoy parecen graciosas, exageradas… entre muchos otros detalles. En sustancia, creo saberme de memoria la mayoría de esas imágenes; sin embargo, cada vez que me doy a esa exquisita tarea, descubro siempre nuevas cosas, sensaciones, olores y sabores, sonidos, palabras; no en balde hay quien dice “recordar es vivir…” a lo que añado, “y vivir a nuestro antojo”. Muchas de aquellas fotos ya amarillentas algunas, borrosas o de colores pálidos, me evocan momentos verdaderamente importantes de mi recorrido en este escenario en el que represento mi papel de yo. Navidades, cumpleaños, vacaciones, lugares que ahora ni existen, otros que están pero muy cambiados… actos de colegio; disfraces, sonrisas. Llegué a hacer varias representaciones en los actos de mi colegio, en la primaria. Como muchos bailé alguna vez el Pájaro Guarandol, el Carite, entre algunos otros no tan elaborados en los que participé en lo que mi colegio llamaba “Lunes Cívico”. Alguna vez actué en un baile de San Benito; una imagen de esas tantas me recuerda mi vestimenta, una franela blanca con la imagen del santo en ella de color azul y rojo, un pantalón azul marino y unas alpargatas en negro y amarillo, rematado con un gracioso sombrero de paja anudado por debajo de mi garganta con dos cuerdas. Recuerdo perfectamente aquella sensación; desde que en el auditórium del colegio no había casi nadie y hacíamos el último ensayo antes de la presentación, hasta el eco de la voz del presentador que retumbaba en todos los rincones de aquel salón techado, con piso de cemento pulido. Especialmente la palabra “Chimbangles” la recuerdo porque nuestra maestra de entonces lo mencionaba con mucha insistencia ya que el baile que mostraríamos contaría con la música típica del santo negro totalmente en vivo; chimbangles que no habíamos visto siquiera hasta ese momento. Aplausos, muchos, salimos, gente, caras, entre ellas las de mis padres, provistos con una cámara fotográfica al mejor estilo de los paparazzi de los ochentas; acomodando un buen ángulo para fotografiarme en pleno baile. Aquella sensación la tengo tan a flor de piel que hoy, mientras disfrutaba de un acto en donde mi niña de ocho años bailaba una pieza del folclore de este país, me sentí en su pequeña cabecita de tercer grado, tal como lo recuerdo en aquella época donde los nervios me consumían en hacer el baile como lo habíamos estado ensayando. Esta vez era yo quién estaba provisto de mi cámara y me sorprendí estorbando la vista de otros presentes en busca del mejor ángulo para fotografiar a mi niña. Lo más curioso del caso es que no es el primer acto donde le veo actuar, al igual que a su hermanito, pero en particular, ese baile de hoy me fue tan familiar, como si lo estuviera viviendo en la persona de mi niña. Tal vez el eco de la presentadora, el bullicio de los niños que esperaban su turno para salir a actuar, el esperar impaciente que ella saliera para ofrecerle el mejor de mis aplausos, o qué se yo me trajo al instante ese momento mágico en donde vestido con ese gracioso sombrero bailaba al ritmo de los tambores por allá por los años ochentas. Muy en mi interior, quizá de la forma más inconsciente, alguna vez me imaginé en este lado contrario, quizá viendo a mis niños representar los mismos motivos típicos de Venezuela en los que alguna vez participé… sin embargo la nacionalidad del folclore no me parece tan importante a éstas alturas; ellos tienen otra realidad y crecen bajo otras costumbres en las que de alguna manera me siento su “compañero” de aprendizaje, como quien se sienta en un salón de clases a escuchar a la maestra impartir enseñanzas. Hice un buen puñado de fotos. En aquel tiempo que conformó nuestra realidad, era raro ver más de dos o tres fotografías de un evento en particular. Hasta no hace mucho, recuerdo que mis padres iban a revelar los rollos de la cámara a principio de año y en las 24 ó 36 imágenes habían recuerdos de los cumpleaños y otras ocasiones a lo largo de todo el año pasado. Entonces, se me recreo pensando que en alguna oportunidad, mis hijos tomarán un dispositivo de almacenamiento de memoria rudimentario y primitivo para entonces, para ver las fotos que hoy hacemos con nuestras modernas cámaras y poder recordar así sus primeros pasos en sus propias vivencias en este escenario en el que representan el papel de ellos mismos. Quizá lo mismo que yo, tendrán esa costumbre cuando sean padres y disfrutarán recordando las sensaciones de estos años presentes que para entonces serán igualmente pasados de moda y con modas extravagantes; verán canas donde hoy hay cabellos oscuros… y todos aquellos detalles en los que hoy recuerdo como pequeños episodios de mi paso largo y hermoso por la infancia. La función debe continuar… y continuará. Jose Luis Cunhao

sábado, 22 de mayo de 2010

Réquiem para un librero.

 













martes, 18 de mayo de 2010

Amor sobre Ruedas

                                                                


“se que tengo cilindros
Y un fuerte motor de explosión
Tengo volante y frenos
Lo que no saben es que tengo corazón”
Amor sobre ruedas.
Francisco de Paula


A veces, solemos creer que todo dura para siempre; sobre todo las cosas que de una u otra forma dejamos atrás cuando emprendemos el exilio, en mi caso, más o menos voluntario.

Hace poco leí, o escuché; de una entrevista que hizo Nitu Pérez Osuna a unos Venezolanos en el exterior, no recuerdo a tenor de qué; y expresaba que el mayor sueño de cualquier venezolano fuera de las fronteras es volver a su tierra; pensamiento con el que concuerdo en todas sus letras.

Siempre pensamos que a nuestro retorno a la patria, ya sea de vacaciones o para visitar la familia, encontraremos las cosas que dejamos, claro, empolvadas, arrimadas, quizá en casa de algún otro familiar; pero existiendo dentro del contexto en que se quedaron. En mi caso, entre las muchas cosas que no pude llevar cuando salí de Venezuela fue mi auto, mi R5, del 85; de fabricación francesa y que conduje desde 1994 hasta mi salida del país en diciembre de 2002.

Muchas cosas, sin embargo, continúan allá; cuando llego a casa de mis padres reconozco tantas que alguna vez ocuparon mi espacio y que ahora ornan las paredes de la sala de estar de la casa de mi madre, o en algún rincón escondido de la casa de mi hermana, así como muchas otras en las polvorientas cajas donde fueron embaladas. Algunas otras las tengo en la habitación que destinaron como “mía” y que aún guarda mi juego de cuarto, televisor, entre algunas otras cosas como libros, mi bolso de casetes y algunas películas en VHS. Cuando estoy allá, acaricio mis cosas, las uso, recuerdo… quizá en una interna felicitación y agradecimiento de que aún existan y que de alguna forma me esperen; empolvadas, pasadas de moda, pero aún allí.

Un día, en pleno paro petrolero de 2002, compré una pimpina de gasolina por la fortuna de 20 mil bolívares y se los puse al R5 rumbo a Cabimas; en dos días partiría, no había forma de llevarlo conmigo. Lo estacioné a un lado del garaje de mi padre y allí estuvo, siempre, como una bandera que reclamaba parte de mi espacio, como un recordatorio de que aún yo, estando fuera, tenía un pequeño espacio entre lo que por razones que día a día me duelen más, tuve que dejar atrás.

Mi R5, auto que me acompañó en tan diversas oportunidades, mi primer auto y por demás, con un rugiente motor que yo mismo ayudé a reparar de la mano de mi padre y mi tío César (QEPD); siempre significó para mi  mucho más que tuercas, aceite y cauchos. Ese pedacito de libertad que conduje por las calles marabinas, por las merideñas, por las autopistas y por tantos otros destinos era, sin lugar a duda uno de los atributos que hasta me llegó a caracterizar. Había pocos como ese auto, donde le veían aparcado un buen porcentaje de personas que me conocían identificaban mi presencia en el lugar, ya que no había otro como ese; al menos no en esa combinación de colores.

Daba problemas, si que los daba, como todo auto usado y antiguo, pero sólo llegó a “dejarme botado” una sola vez, de vuelta de Maracay a Maracaibo en un punto perdido entre Barquisimeto y Valencia; por un problema en la bomba de agua. Tantas otras veces me dio qué hacer, pero siempre encontraba la manera de rodarlo hasta llegar a “destino seguro”.

No era sólo un auto, era un pedazo de la persona que lo manejaba. Un joven lleno de ilusiones, de proyectos, de ideas medias revolucionarias con ganas de cambiar el mundo; mi R5, mi Chispita, el Chugabún, como le llegué a apodar en alguna oportunidad.

Hoy, hablé con mis padres por teléfono y me enteré de que finalmente el auto lo habían negociado para la venta; la cantidad de la transacción no importa, de cualquier forma parece irrisoria ante todo el sentimiento que escondían entre sus asientos, en las piezas de ese motor que ayudé a armar, en la palanca de cambios que tantas veces agité de un lugar a otro para dirigir mi camino; aún a una pequeña escala. Ya no está.

En febrero estuve en la patria por 14 días, una tarde, a dos días de mi retorno, le di una buena lavada, limpié con detenimiento su interior, sacudí el polvo, lo encendí, no lo saqué del garaje porque estaba con un problema de frenos; pero sentí el vibrar de sus cuatro cilindros frente a mis manos. No estaba por saber en ese instante que sería la última vez que le vería, al menos entero… y en casa.

Poco a poco vamos siendo desplazados del lugar que creímos que permanecería intacto; de las cosas que dejamos, las personas continúan su vida, donde acostumbramos ver terreno ahora hay casas, donde había un edificio, ahora ya no está; la calle de un solo sentido ahora es doble, el lugar de nuestro auto, ahora está vacío.

Sí, el sueño de todo venezolano en el exterior es volver a la patria, siempre esperando que las cosas que dejamos sigan allí, esperándonos, intactas; pero el tiempo se encarga de moverlas, las necesidades de otros, las circunstancias. El país que dejamos tampoco es el mismo que encontraremos a la vuelta del exilio; muchas personas que dejamos en ella ya no estarán, quizá viviendo sus propios exilios más o menos voluntarios o definitivamente involuntarios.


José Luis Cunhao
Mayo 17, 2010