Crónicas de un exilio voluntario

Crónicas de un exilio voluntario
Aquiles Nazoa

miércoles, 24 de febrero de 2010

Bueno el Curanto, pero no tanto.



In memoriam  Boris Vásquez Duarte.

Cuando era joven, soltero y vivía en Caracas, en los años de la dulce bohemia, tuve un amigo de carrete, como le dicen por aquí a las noches de farra. No me van a creer no recuerdo como se le decía en aquellos años a una noche de tragos y vida disipada. Pudiera ser Bonche, pero el bonche, para mí, en cierto sentido, era una fiesta con algún nivel de estructuración. Una noche de farra/carrete es mas bien espontánea y se sabe poco lo que pueda suceder. No tengo el sustantivo apropiado, por ello voy a usar uno, pero puede ser demasiado genérico: pachanga.  Aunque la pachanga, mas que un evento, es mas una forma de vivir y ver las cosas; pero estamos entrando en el terreno, difícil, de la filosofía.

Por aquella época mi amigo de carrete, farra, bonche y/o pachanga, a pesar de ser peruano -o tal vez por eso mismo- era un amante fervoroso del mondongo. Me refiero a la sopa típica de la cocina criolla. Esa sopa donde el sabor de una pata de res, se funde con la panza y danzando con trozos de jojoto, pedazos de ocume, suculentas porciones de ñame, uno que otro trozo de yuca dulce, en medio de diminutos  trocitos de zanahoria y otras especies crean un sabor único que se rinde  ante el leve toque de cilantro. Esa mezcla de sabores crean una sopa capaz de devolverte la vida o de arrancártela.

Boris, que era como se llamaba mi amigo, tenía una inusitada capacidad para  la farra, carrete, bonche y/o pachanga,  siempre que salíamos a tomarnos unas cervecitas, a eso de las tres de la mañana, cuando ya el cuerpo no podía más. Nos dirigíamos, sin prisa y sin pausa, al El Granjero de Chacao, no tengo idea si aún exista, a pesar de no ser los mejores mondongos del mundo,  te servían pequeñas porciones. Lo suficiente y necesario  para recomponer tu cuerpo sin arriesgarte a una embolia. Al final, calabaza, calabaza: cada quien para su casa. Nos marchábamos  con la esperanza que el ratón  del día siguiente fuera benigno. Como decía el viejo comercial de Diablitos Underwood: Qué tiempos aquellos.

Hace algún tiempo Les prometí contarles lo del Curanto, y como lo prometido es deuda, se los cuento ahora; no vaya a ser que nunca se los cuente. Así que puesto allí, entre la seguridad de unas machas a la parmesana y en la posibilidad remota de conocer Chiloé, me decidí a probar el curanto. Habían venido por negocios  Marianita, mi cuñada, y su jefe: Nicola. Era uno de esos viajes de negocios en donde no te queda tiempo de conocer más que el aeropuerto, un par de salas de reuniones, el lobby del hotel y uno que otro restorán. Así que decidimos ir al Mercado Central. No puedes venir a Santiago de Chile y no comer en Donde Augusto.  Frente a la carta y en medio de todas las suculentas viandas ofrecidas, estaba allí el Curanto. Para ese momento no era para mí mas que el nombre de una plato típico que rondaba mi mente y mi curiosidad. Me decidí y lo pedí.

El garzón,  como le dicen por aquí a los mesoneros, tomó la orden de todos los comensales y la mía del Curanto. Sin mediar palabra y sin misericordia se alejó. Regresó a la media hora, con una olla tamaño baño, en donde se daban cita: medio pollo, cincuenta centímetros de longaniza, un enorme trozo de pescado, un filete de res y  una chuleta de chancho. Todo en medio de una procesión de crustáceos y mariscos a discreción. Una hora después, este humilde servidor caía rendido ante la olla intacta. Todos se reían de mi y mi ocurrencia de pedir el célebre Curanto. Mientras trataba en vano de dar cuenta de aquel plato, me acordé de las prudentes porciones de mondongo del Granjero de Chacao. Me preguntaron que tal el Curanto  sólo alcancé a contestar, parafraseando el viejo refrán: bueno el Curanto, pero no tanto.


Octubre, 2000

Nota:
En diciembre ya por esos azares del Facebook (en realidad del Sónico) puede localizar a mi buen amigo Boris luego de casi un par de décadas de haberle perdido la pista, pero gracias a las nuevas redes sociales  nos pusimos en contacto y le invite a visitar el Blog, se hizo seguidor bajo el pseudónimo de Borjohn. Cuando estuve en Caracas, el tiempo apenas alcanzó para una llamada telefónica. Le comenté que cuando viví en Chile le había escrito una para él, le prometí colgarla tan pronto volviera a Quito, pero no lo hice, el lunes recibí un mail de su hermano indicándome que había muerto el 10 de enero de un ataque cardiaco.

viernes, 19 de febrero de 2010

El norte es una quimera.

 

Me fui para Nueva York
en busca de unos centavos
y he regresado a Caracas
como fuete de arriar pavos.
Luis Fragachán.

Subiendo desde la Plaza Venezuela -el símbolo emblemático de la ciudad- por avenida La Salle -esa misma que va a terminarse a las faldas de El Ávila justo donde queda Venevisión y el colegio que da nombre a la avenida- en la avenida La Salle un poco antes de cruzarse con la Avenida Andrés Bello quedaba un restorán que por muchísimos años se llamó El Fogón. Ese restorán un buen día amaneció con su nombre cambiado -rara manía de los venezolanos de cambiarle los nombres a las vainas, tal vez, esperando que el cambio de nombre conjure un cambio de rumbo-  para pasar a llamarse El Hato Grill. A ellos el cambio de nombre, al parecer, les funcionó ya que llevan más de 30 años, con ese nombre, sazonando las noches caraqueñas.

Tal vez por que al pasar sus puertas -sostenida con unos pequeños y pesados saquitos que hacían la figura de contrapeso de una rudimentaria polea-  se nos habría el continente de la nostalgia, tal vez por la costumbre de tener siempre música en vivo,  tal vez por la cercanía a la casa,  tal vez por su excelente carne y buen servicio, tal vez por que allí uno se sentía como en casa, tal vez por algún azar de la vida,  nos hicimos asiduos de  la tasca de El Hato Grill; que en realidad se llamaba El Entreverao. A eso de las 8 ó 9 de la noche, un par de veces a la semana,  casi religiosamente, íbamos a disfrutar de su excelente parrilla mixta y un par de Polar heladitas. De hecho, allí, cobijados por ese clima familiar del local, esperamos la hora de irnos a casa para hacer retumbar las ollas el día que media Caracas  - y la otra mitad también - le pidió a CAP que renunciara.

Al salir de la UCV, habiendo abandonado las tascas estudiantiles, nos instalamos en El Hato. Todavía, cada vez que voy a Caracas, me acerco a El Hato y disfruto allí de las delicias de la comida criolla y de la música en vivo que El Hato siempre nos ha regalado; bueno en realidad nos cobra muy disimulada y justamente. Por un momento muy breve, debido a mi inminente partida, El Hato se convirtió en el  punto de encuentro de un selecto grupo de amigos. Por El Hato pasaron muchos cantantes de esos, medio improvisados, que deleitan el oído de quienes - bien sea por una reunión de negocios o por alguna canita al aire - iban a su tasca a pegarse unas birritas antes de llegar a casa. De aquellos cantantes recuerdo, muy especialmente, uno medio gordito que llamaban El Pájaro. Tal vez por su buena voz, tal vez por el parecido con el tenor italiano, tal vez por que se había pasado de palos  algún gracioso lo bautizó con el mote de Pajaroti. Este cantante fue por un tiempo un poco el alma del local y cada vez que íbamos le hacíamos llegar servilletas de papel con nuestras preferencias musicales. Mas de una vez Mindy Torres - vieja y querida amiga de aquella época – le pedía aquel hermoso merengue venezolano que le recordaba su época de estudiante texana en sus años cuatrotrientísticos. 

Al ritmo de aquel merengue venezolano, muy contagioso, y acompañados de la voz de Pajaroti siempre cantábamos:  El Norte es una Quimera... sin saber que en aquel momento que vivir en Chile me enseñaría que, al parecer, el sur también lo es.

 


Diciembre, 1999.


miércoles, 3 de febrero de 2010

La Quema de Judas.


Pantalón de cotonía,
zapatos sin dirección
casaca federalista
basura por corazón,
va el pobre Judas de Cagua;
lo agarró la Comisión
y el pueblo, encendido en gritos,
lo sigue como un hachón.
 
Aquiles Nazoa.

Fue el nombre de una película setentiana  de la que no recuerdo nada, probablemente porque no la vi y si la vi no la recuerdo. Fue una  de tantas películas venezolanas que como leiv motive (¿se escribirá así?) tenían el eje subversión-marginalidad que tantas películas engendró en el último tercio de nuestro siglo pasado. No sé por qué hubo tantas películas sobre marginalidad. No sé por qué la marginalidad maravilló tanto a los cineastas setentianos. Hoy, unos pocos años después, la delincuencia en  Venezuela ya no merece una película, son una serie televisiva de entregas diarias. En todo caso lo único que recuerdo de aquella película fue que la dirigió y protagonizó Miguel Angel Landa.

Hoy creo que Miguel Angel anda lejos de cine, en esa empresa probablemente perdió más de una camisa ya que fuera de Hollywood pocos logran vivir del cine. Hoy lo veo los domingos en Bienvenidos; es un programita con pocos méritos, a más de hacernos ver un par de actrices cómicas con fabulosos cuerpos que parecen - y son - hechos mano y uno que otro chiste. Pero en todo caso sirve para la nostalgia poder recordar al sempiterno Nino Frescovaldi y al, nunca bien ponderado, Comenabos.

Esa costumbre tan venezolana de quemar a Judas el Domingo de Resurrección tiene un correlato parecido los 31 de diciembre en Ecuador con lo que ellos llaman El Año Viejo. Con la misma receta que nos muestra Aquiles Nazoa  en  diciembre se prepara un muñeco, al que se le suele añadir una generosa porción de triqui-traquis, para ser quemado a las 12 de la noche, no si antes propinarle algunas patadas y puñetes. Cada año es quemado y cada cual puede personificar su año viejo con el personaje de su gusto. Es interesante ver en los días finales del año como prospera una industria de muñecos de aserrín y de caretas. El único diciembre que Abdalá Bucaram estuvo en el poder, antes de ser derrocado gracias a  un par de semanas de multitudinarias protestas populares, emitió un decreto que prohibió que se hicieran caretas con su rostro, lo que no impidió que fuera quemado en más de una casa.

Más allá de las connotaciones políticas que tiene la quema del año viejo es una costumbre muy pintoresca. Unos pocos días antes del fin de año las calles se llenan, especialmente en provincias, de gente que impide el paso con una cuerda y a los que hay que dar una pocas monedas. Siempre hay uno o dos hombres vestidos de mujer que son los que piden el dinero son las llamadas viuditas.  Puede resultar un poco grotesco ver a estos hombres vestidos de mujer. Cuando los vi, por primera vez, no pude evitar acordarme de las fiestas de carnaval en las que alguno, y sin pedirte ni medio, disfrazado de negrita preguntaba a todos: ¿a que no me conoces?

 

Enero, 2002

lunes, 25 de enero de 2010

Puerta de Iglesia.



 



Nunca fui bueno para la pelota. De hecho, un poco en broma un poco en serio, mis amigos de colegio me llamaban puerta de iglesia, ya que decían que debía usarla como bate. Así que nunca fui un experto en la pelota. La primera vez que fui a un estadio de béisbol fue hace muchísimo tiempo, Los Piratas de Pittsburg y los Rojos de Cincinatti hicieron un par de juegos de exhibición en el Estadio Universitario. Así que el día en que a la escuela donde estudiaba alguien, supongo que los organizadores del evento,  hicieron llegar unas pocas entradas. A mi maestra le tocaron dos, así que se vio obligada buscar una forma democrática y justa de repartir entre 20 ó 30 carajitos aquel par de entradas.

Mi maestra no encontró mejor idea que rifarlas, pero para hacer un tributo a la perversión que debe haber en toda persona que se gana la vida  tratando de amaestrar a pequeñitos seres en el delicado arte de la vida; decidió hacer una pregunta y quienes supieran la respuesta ganarían una de aquellas preciadas entradas. Debió haber preguntado alguna de esas sandeces que la escuela primaria se empeña en enseñarnos y yo gané, tal vez por obra y gracia de ser de los primeros de la lista, una de aquellas entradas.

Esa fue la primera vez que fui a un estadio de béisbol, ese fue la primera vez que veía un partido de béisbol y obviamente no entendí mucho. Mi padre trató de explicarme algunas cosas, las más elementales; pero cualquiera que haya visto un partido de béisbol con un lego, sabrá lo difícil que es tratar de explicar lo emocionante que puede ser que durante nueve entradas no suceda nada.  Ese día no aprendí mucho a no ser que por qué aquellos caramelitos rellenos de chicle que vendían en todas las cantinas de los colegios, y que obviamente tenían la forma de pelota, se llamaban Baseball.

Eso fue hace muchos años, unos pocos años antes de que amaneciéramos con un barril de petróleo a 40 dólares, y todo se fuera a la cresta. Eran los años del primer gobierno de Caldera, eran los años de La Conquista del Sur, eran los años de la inauguración de la refinería de El Tablazo, eran los años que descubrimos que podíamos sembrar el país de emporios industriales con la  famosa fórmula de  “llave en mano” y jurábamos que nos las estábamos comiendo.  Eran los años dulces de un país que creía que el futuro estaba obligado a llegar. Eran los años de la televisión a blanco y negro.

Desde aquel día en que me gané esa entrada al partido de béisbol y dispuesto a aprender un poco más de aquel juego  todos los domingos, a golpe de 10 de la mañana, encendía el televisor para disfrutar del mejor programa de concursos que la televisión venezolana. Eran los días de El Batazo de la Suerte.

Enero, 2000


martes, 19 de enero de 2010

La cruz del sibarita.






Eran los años en los que El Nacional nos regalaba Séptimo Día. Ben Ami Fihman tenía una columna gastronómica, con aquel nombre, todos los domingos. Seguramente mas de uno leyó allí las mejores recomendaciones del dónde y el buen comer el Caracas.  Como yo era joven, medio bohemio y no tenía ni un clavo para amarrar un gallo, nunca pude hacer caso de aquellas recomendaciones gastronómicas. Así que debí vivir en la ignorancia de aquellos majares. Esperando que algún día pudiera darme la vida degustándolos en los restoranes de El Rosal. Como siempre el destino me jugó una mala pasada y de los buenos restoranes caraqueños solo puedo decir conocí apenas un par; y eso con las justas.

Mis aproximaciones más exitosas fueron a las Tascas de La Candelaria en donde, gracias  a la buena voluntad de sus dueños, uno salía bastante bien comido a punta de tortillas y empanadas gallegas y otras delicias de la cocina mediterránea. En esa época si el azar lo llevaba a uno un poco más al este, debí sazonar mis noches de fandango en una que otra arepera - había una muy buena en Las Mercedes, al ladito del CVA- en un par de perrocalenteros de la Plaza Venezuela o de Los Próceres según fuera el caso y la ruta de regreso a casa. Por esos años conocí a Fillipo, el perrocalentero de Altamira de quien creo ya les hablé. El nombre de aquel personaje se había perdido en mi cerebro; hasta que hoy Iruña me confirmó que aún sigue allí... Alimentado y alimentándose de la noche caraqueña.

Como pueden ver mi cultura culinaria  es bastante poco culta. He compensado ese desfase probando cosas que otras personas, en su sano juicio, no probarían nunca. He intelectualizado ese desfase desarrollando un gusto, mas bien una curiosidad, por lo popular. Fue así como viviendo en Guayaquil probé  un plato exquisito,  cuya receta parece obra del realismo-mágico: El Caldo de Manguera. Esta maravillosa preparación no resiste descripción posible. Su receta se las dejaré de tarea para la casa ya que nunca creerán sus inverosímiles ingredientes y alguno podrá o creer que lo estoy inventando.

En estos días la Carolina recibió una invitación a comer a casa de la Constanza, una amiguita de juegos. La habían invitado a comer completos. Así que se guardó para algo grande; al menos eso creyó en su mentecita golosa. Me preguntó que eran los completos y debí confesar mi ignorancia. Juntos rezamos por que no fuera algo con mucha ensalada y esas cosas que no son del agrado de mi hija. Un par de días después le pregunté que eran los famosos completos. Ella no lo sabía, apenas atinó a decir que habían servido en la casa de su amiga unos pequeños hot dog. Los cuales no le desagradan para nada. Imaginamos, tal vez quisimos imaginar, que un cambio de última hora había trastocado el menú.

Así que herido en mi curiosidad me aboqué a la tarea de descubrir que eran los famosos completos. Un amigo uruguayo –Horacio Filipelli- me confesó que no sabía de donde provenía el nombre; pero que no eran mas que eso: Hot Dog. Nos quedamos comentando de dónde provenía el nombre y descubrí que en su país son llamados Panchos. Así que debí decirle a mi hijita que los completos no eran mas que Hot Dog. No sin  antes decirle, para hacerla delirar,  que los del Drugstore medían un metro.


sábado, 16 de enero de 2010

Pequeña gota de rocio

Cuando llegue mi niña:
cantaré, cantaré
Cuando llegue mi niña:
reiré, reiré...

Como pequeña gota de rocío.
Simón Díaz.

El 15 de noviembre llegó el día más esperado de nuestras vidas. Luego de 38 semanas de larga espera, a las 10 de la noche, las contracciones se repitieron con una exactitud cronométrica. Cada cinco minutos, cerca 40 segundos cada una. Después de casi una hora Carolina ya no miraba el reloj; sumaba 5 cinco minutos y anotaba en un papel la hora de la contracción. Para ella era más importante la exactitud de la cuenta que de las propias contracciones.

Catalina sabía que algo iba a pasar; un dolor inmenso se focalizaba en sus caderas. Sentía, eso me dijo, que se partiría en dos. Ya habíamos pasado un par de noches anotando contracciones y tomando café como decía Carolina: para la nervisosidad. Empero, ese día eran distintas. Catalina sabía que algo iba a pasar. Llamamos a Margarita Burzosky (¡espero que se escriba así!) y le contamos que el día había llegado. Nos hizo las preguntas de rigor, aquellas que nos dijo que nos haría, y nos tranquilizó. Prometió llamarnos en una hora. En una hora nos llamó, volvió a tranquilizarnos y nos mandó a la clínica. Así que a las 2 de la mañana, con tranquilidad y nervios, nos dirigimos a la Clínica Alemana un par de horas (2:16, para ser exactos) después tenía entre mis manos el cuerpo de mi niña.

Un cuerpito de 49 centímetros, de casi de cuatro kilos. Azulado y, no me van a creer, con una especie de mantequilla que lo embadurnaba. Me la pusieron en los brazos, yo no sabía que hacer. Margarita me puso una mano en el hombro y me dijo: agárrala, es tuya. Yo quería llorar, quería besar a Catalina, abrazar a la niña. No sabía, exactamente, qué debía hacer. Todas las instrucciones que Margarita me había –cuidadosamente- dado las olvidé; pero doy gracias a Dios que en este país, lejos de la familia, de hermanas, madres, cuñadas y suegras, Margarita me puso aquella mano en el hombro.

Desde ese día me quedé embelesado mirando las dos paraparas que tiene mi hija por ojos y no puedo menos que intentar cantarle alguna canción de cuna, yo que no canto ni números de lotería. Le canto Arroz con leche, la única canción de cuna que, más o menos, me sé. Por razones prácticas decidimos presentarla como chilena, al fin y al cabo, cuando ella crezca podrá optar por cualquiera de las tres nacionalidades. Ella decidirá en su debido momento que es lo que le conviene más. De momento y para ganar terreno, medio de contrabando y sin que nadie sepa, cambio de canción y la arrullo con las sublimes notas del Himno Nacional.


Noviembre, 2000.

lunes, 11 de enero de 2010

Una noche de bohemia en Guayaquil.


Yo soy un bohemio
así es mi vida
y hoy que estoy tan lejos
mi alma no te olvida.
Por eso es que brindo
por mis buenos amigos
esta copa de vino…



Hoy fui a probar el pan de jamón que está vendiendo mi buen amigo Roger Cárdenas en sus locales de comida venezolana aquí en Quito. Hace quince años no había muchos venezolanos por estas tierras y por lo tanto no había locales de comida venezolana, si querías una arepa de “carne mechà” o alguna otra exquisitez de la comida venezolana tenías que hacértela en casa. Hoy la cosa ha cambiado y hay muchos y buenos locales de comida venezolana. Entre ellos Na`Guara, un lindo restaurante de comida venezolana atendido con una linda sonrisa venezolana.

Hace 15 años me armé de paciencia, cariño y recuerdos para reconstruir mi herencia culinaria entre ellas el pan de jamón que me ganó amigos y cariños en Guayaquil. La cocina todavía me sigue ganado amigos e historias. La comida y el acto supremo de cocinar para los tuyos construye historias hermosas. Mariagracia se refiere a mi manera de preparar el chocolate como el “Chocolate de la Abuelita Luz” y crecerá creyendo que las tostadas francesas son un invento caraqueño.

Hace unos días, una buena amiga de aquellos años guayaquileños me preguntó si iba hacer Pan de Jamón para anotarse con “algunitos”, graciosa expresión ecuatoriana que tratan de minimizar el número final, suenan poquitos; pero son bastantes. Aquella buena amiga a quien hice probar el manjar caraqueño en mis años de residencia en la Perla del Pacífico me comentó que le parecía una excelente idea para los regalos navideños de su empresa.

Le comenté que hacer panes de jamón siempre fue para mí un acto de supremo amor y que no pensaría en lucrar con ellos, digamos en buen guayaquileño: “que me le barajé” fue un pretexto para como diríamos en Venezuela “sacarle el cuerpo” a la dura tarea de amasar 20 panes de jamón. Hacer pan de jamón –para quien, como yo, amasa a mano- solo se explica como un acto de amor, por lo tanto que no me pidiera someterme a esa dura tarea. Además luego de muchos años me iría a pasar la navidades en Caracas y en cada esquina tendría olor a pan de jamón así que no tenía motivos para dedicarme a la amasadera de pan. Aunque estoy tentado a hacer un par para dejarlos en casa y que los coman en la cena del veinticuatro, no se tal vez no los haga y todo quede allí en una sana y postergada intención.

Empero me comprometí con Mariela Martínez a buscarle un pan de jamón entre los muchos locales de comida venezolana que han proliferado en esta hermosa ciudad que nos ha dado cobijo en este éxodo de venezolanos, aunque bien vista la cosa, como aquel refrán rezaba, tanto nadar pa´morir en la orilla.

Así que fui a visitar y a probar los panes de jamón de Roger y los acompañe con un papelón con limón (se que igual que yo piensan que es una rara combinación) pasé un rato allí haciendo tiempo para ir a visitar a un cliente, con eso del Blackberry ya podemos hacer oficina desde cualquier lugar, era viernes y el tráfico me hizo desistir de volver a casa.

En mis años guayaquileños, años de la bohemia, me gané algunos buenos amigos a punta e’ pan de jamón. Pero, en todo caso, pero no dejó de parecerme hermoso que alguien que no haya nacido en Venezuela lleguen las navidades y se acuerde del tierno sabor de un buen pan de jamón.


Diciembre, 2009

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La maña de pedir fiao.


Mi limon, mi limonero
Entero me gusta más
Un inglés dijo Ye Yé
Un francés dijo La Lá.

Henry Stephen.

Hoy pude mirar, mientras le daba su tetero –palabra que merece su propia Alicia- a Mariagracia, en la Televisión Española a un simpático cocinero –de cuyo nombre no puedo acordarme- que muy amenamente nos hace pensar que cualquiera puede entrar en la cocina y preparar ricos platos. Este jovial cocinero tiene desde hace muchos años un programa de TV que en balde ha tratado de ser imitado por muchos, y en muchas partes, sin lograr la simpleza de sus deliciosas preparaciones y si simpatía. Hoy, por ejemplo, nos deleitó con un bacalao en salsa de pimientos verdes. Me quedé mirándolo y pensando que lo podría reproducir –mutatis mutandis- con un filete de corvina. Para mí el bacalao siempre será salado y cuya única utilidad será sustituir al Morrocoy en el pastel de la Semana Mayor.

Hace algún tiempo Celia Soonets, una amiga que vive su propio exilio voluntario, me envió un mail muy entretenido que pretendía hacernos dar cuenta de cuan viejo somos. El mail en cuestión preguntaba por cosas que definitivamente sólo podrías contestar si eres tan viejo como yo. Una de aquellas preguntas nos interrogaba por el jingle de Riko Malt, pasé horas tratando de recordar aquel jingle, pero no pude. Mi frágil memoria siempre me hace malas pasadas. Apenas logré recordar que en algún momento Las cuatro monedas hicieron un comercial para la marca de leche malteada.

Al darme cuenta que de verdad podía contestar casi todas y cada una de aquellas preguntas comencé a sentirme viejo. Uno no se da cuenta, pero con el tiempo comienzas a dividir tu vida por décadas y que casi sin darte cuenta estás más allá de la mitad de la vida. Así que mandé a aquel mail a mi personal papelera de reciclaje, un archivo donde acumulo los mail que mandan mis amigos. No sin antes jurar que cuando fuera a Caracas me tomaría un Riko Malt con la esperanza de recordar aquel viejo jingle. Cuando fuimos a Venezuela, de regreso de Morrocoy -el Parque Nacional- paramos en Valencia. En la primera panadería que encontramos pedí, además de las dos botellas de agua mineral y una Sprite para Carolina, un Rikomalt, para mi decepción y sorpresa el portugués me dijo no había. Supe, inmediatamente, que pasaría lo mismo que con la arepa de reina pepiá; por años estaría buscándola sin poder, por extraña razón, encontrarla.

Para los que no lo recuerden Las cuatro monedas fueron una versión criolla de The Jackson’s Five (de cuando los 5 eran bien negritos). Los hermanitos O´Brian por años estuvieron todos los miércoles, de la mano de Gilberto Correa, en De Fiesta con Venevisión cantando y bailando todos vestidos muy igualitos, con trajes de lentejuelas y esas cosas que se usaban en aquella época de la TV a blanco y negro. No sé si fue la breve incursión de Las cuatro monedas en la música publicitaria o la incorporación de Gregory, el hermanito menor, lo que dio al traste hasta con el nombre del grupo. En todo caso y desde aquel momento Las cuatro monedas entraron en mi más profundo olvido y creo que en el de muchos otros.

Al oír al cocinero español (sigo sin poder recordar su nombre) cantar la primera estrofa de aquella canción, que le ganó instantes de fama a Henry Stephen en La Madre Patria (supongo que gracias a algún carnaval en las Islas Canarias) sin querer, y sin poder evitarlo, me acordé de esta vieja Alicia que había quedado inconclusa por más de 2 años en mi personal papelera de reciclaje, decidí terminarla y enviársela a Celia –creo que nunca le contesté su mail- Al oír cantar, a este dicharachero cocinero, aquella vieja canción me di cuenta que soy mas viejo que la maña de pedir fiao.

martes, 3 de noviembre de 2009

Algunas fotos viejas...



Siempre le llegan a uno un par de fotos que te traen recuerdos, las mandan amigos que saben que cuando las veas se te alborotará algo por dentro... No son mias las he recibido por mail... si pertenecen a alguien y desea que se le reconozcan los créditos... con mucho gusto. Y si alguien cree que su foto no debe ser usada por otros sin su permiso, con gusto le doy de baja... espero que les gusten.

Las ire colgando una por una...
Si alguien tiene alguna que cree que pueda servir, con gusto la colgaré.

Saludos

domingo, 25 de octubre de 2009

Los poderes creadores del pueblo.


Mi profesora de Lengua y Literatura de segundo año medio; era una vieja un poco loca, de cuyo nombre no me puedo acordar. Su apellido era Castillo, y el nombre era uno de esos extraídos del Santoral, que mas que un nombre parecen una enfermedad. No me enseñó muchas cosas, más allá de aprender a poner el acento en la palabra petróleo. Desde ese momento la recuerdo cada vez que escribo esa palabra. Aunque lejos de la patria cada día la escribo menos.

La desgracia, hizo que en aquel año lectivo, en la autopista Caracas-Valencia, a bordo de su pequeño Volkswagen, nuestro poeta Aquiles Nazoa perdiera la vida. Ese día mi profesora de castellano, como le decíamos en aquella época, se dedicó a tratar de enseñarnos la fuerza de los poderes creadores del pueblo. Se pasó las dos horas de clases leyendo poesía de Aquiles Nazoa, con una gracia y una capacidad histriónica desconocida para nosotros. Aunque para ser honestos, en aquel momento la mitad de la clase no estaba entendiendo nada, nos limitamos a oírla, a pasarnos papelitos y a tirarnos taquitos.

Por aquellos años vivíamos en la desesperación de la bonanza petrolera, jugábamos, irresponsablemente, a ser un país en vías de desarrollo. En pocos días mas amaneceríamos con un petróleo a 40 dólares el barril. Amanecieron los años, como dicen aquí, de la plata dulce; esa sensación empalagosa que no te deja pensar. Y acto seguido mudamos nuestra capital, momentáneamente, al Estado de La Florida. Miami, para ser exactos.

Venezuela se llenó de zapatos Converse y Nike. Los zapaticos Paseo que nos aconpañaron por años fueron a morir en las mesas con rebajas de PepeGanga. Una versión chola del Grafitti contemporáneo. Ya no volvimos a comprar zapatos deportivos Made in Venezuela. A no ser, excepción sea hecha, de los Didaven, que eran una copia, de los famosos Adidas. Eran la versión pobre, exhibirlos en las clases de Educación Física era una raya.

Esa industria de la copia ha traído prosperidad a mucha gente. Conocí un pueblito llamado Pelileo en la provincia del Tunguragua. Allí todo el mundo vive de la copia de marcas extranjeras y se jactan de fabricar los mejores Blue Jean del mundo, no me consta. Pero en Venezuela no sólo se copiaban los zapatos Adidas. Las botellas de Whisky también sufrieron la arremetida de los falsificadores. Mas de uno dio cuenta, con su hígado, de la habilidad de aquellos que sabían vivir de nuestro gusto por lo foráneo.

La Zona Franca de Margarita se convirtió en Puerto Libre (rara manía la de los venezolanos de cambiarle el nombre a las vainas) y desde allí la ropa importada llegaba, con precisión de reloj suizo y libre de impuestos, al Mercado del Cementerio. La llamada Elmer Boutique que nos vistió a todos durante años. De vez en cuando, en la distancia de este exilio voluntario, me pego una lectura de Humor y Amor de Aquiles Nazoa. Me acuerdo de mi profesora de castellano, de cuyo nombre no puedo acordarme.