Crónicas de un exilio voluntario

Crónicas de un exilio voluntario
Aquiles Nazoa

viernes, 7 de septiembre de 2012

Los hijos de la Valiente.






Sola, fané, descangayada
la vi está madrugada
salir de un cabaret.
 
La voz eterna de Carlos Gardel.


Era el nombre de un grupo de rock ecuatoriano que era muy famoso por los años noventa cuando recién el destino me puso a vivir en “extraña nación.” Era un nombre que no me decía nada al igual que Cacería de Lagartos u otros muchos nombres ingeniosos que decoraban el repertorio de nombres de grupos de rock, pero como el rock no me apasiona no le paré bolas a nombre. Unos pocos años luego entendí que aludía a una expresión vernácula: La valiente puta que te parió. Recién ahí comprendí que era un nombre travieso,  iconoclasta, irreverente,  y simbólico como si se les hubiese ocurrido llamarse “los amigos invisibles” o “el pez que fuma.”

Hace unos años conocí a Balmore Moreno, amigo quien el destino lo trae al Ecuador un par de veces al año y cada vez que viene nos damos modos para invitarlo a casa y degustar alguna cosita, aunque todavía le debemos una paella valenciana  que Alexis González, un hermano hecho aquí en el exilio voluntario, promete pagarle en cuanto vuelva. Cuando conocí al Balmore su cara se me hacía conocida, pero no podía ubicar en donde carajo lo había visto y no fue hasta que Ela, su ex-esposa, nos presentó mas formalmente que supe de donde esa cara se me hacía tan conocida. Balmore participó en más de una de esas películas sesetentianas que contribuyeron a crear en nuestro inconsciente colectivo que podíamos hacer cine y cualquier otra cosa que nos diera la gana, eran los cuatrotrientísticos años setenta. La mayoría de las películas en las que Balmore participó las había visto en los años de mi más tierna juventud, pero reconocerlo no era fácil ya que los años habían borrado su cabellera.

Siempre que nos reunimos con Balmore terminamos hablando aquellas películas -y de aquella época dulce-  las cuales se desdibujan en nuestra memoria. Ela, siempre cuenta que hizo un papel en los años que era esposa de Balmore en el Pez que Fuma. El Azar Inmóvil que todo lo mueve me colocó en la situación de no tener TVcable y debí recurrir a Youtube y mirarme algunas películas viejas ya que dormir en el silencio total, para mí, es casi imposible. Así que al tercer día, resucitó de entre los muertos el Pez que Fuma. La miré con atención porque quería reconocer a Ela, pero no pude; a Balmore lo pillé en una escena cortita. Imagino que en el trance de filmar una película en un burdel venezolano hacían falta un par de extras y en medio de esa algarabía que es un burdel, así sea de película,  Roman Chalbauld  le debe haber dicho: “Balmore, deja lo que estás haciendo y párate allí como que estás saliendo del burdel.” El papel de Ela debió ser más pequeño aún o los años que han pasado no me permitieron reconocerla. Pero Igual me vi la película completa. Reconozco que no era de mis preferidas así que me pasé unos días antes de enfrentarla. Me deleité con otras que me habían sido, en su época, más sencillas de entender.

Es una película de culto -declara quien la colgó en Youtube- me pareció un poco exagerado; pero debo confesar que hubo un par de simbolismos interesantes, pero no soy crítico de cine así que  puedo ver un simbolismo donde  no hay más que una escena de relleno o alguna pendejada del director;  pero hubo cosas en la película que te ponen a pensar. Debo reconocer que tal como la primera vez me costó verla, y entenderla. A ratos me provocaba pasarme a ver otra cosa. Claro que, como la primera vez,  darse el lujo de ver a Haydee Balza como Dios la trajo al mundo me mantenía en estado expectante. No voy a negar que sí me llamó la atención que todas las artistas que hacían de puta (y las que no) en la película tenían tetas de un tamaño digamos que normal y recordé una frase de un amigo -que cuando empezó esta epidemia de las cirugías de aumento de senos, tal vez para no hacer sentir mal a su hermosa esposa- siempre decía: “la teta, que en la mano quepa”. Qué tiempos aquellos que el talento no se medía en centímetros cúbicos y si una mujer tenía  la “mala suerte” de tener tetas pequeñas podía encontrar un papel en una película de Roman Chalbaud.

Esta vez, al contrario de la primera vez, creo que es una gran película. Difícil de entender, porque si te ponen como premisa que el país es un burdel a mas de ser ofensivo, distrae. Pero  es una gran película. Convengamos que Venezuela es un burdel y  que como en cualquier burdel tienes que quedarte hasta que encienden las luces o irse muy temprano. Si te quedas hasta al final nadie te quita lo bailado, y si te vas temprano siempre pueda la excusa de: “Yo no sé, yo no estaba ahí.” La música excepcional, si filmaran hoy día, no tengo idea que podría sustituir a La Violetera (simbólicamente hablando)  como tema, mi cultura regetonera no llega para musicalizarla, y, que, quede claro  que hace muchos  años que no paso una noche en un burdel así que me disculpo en mi ignorancia.
Pero si debo coincidir que es una película acerca del poder y sus bajezas.  Si Venezuela es un burdel -simbólicamente hablando, claro está-  la renta petrolera es la “valiente puta que nos parió.” Los políticos han sido los grandes chulos de esa riqueza, me refiero a la renta petrolera. Es irónico ver a Orlando Urdaneta encarnar el chulo de turno, al “paracaidista” que llega al burdel casi muerto de hambre y buscando empleo de cualquier cosa, para luego traicionar a su maestro (Miguel Ángel Landa) quitarle el burdel y quedarse con el amor de la matrona, que en medio de un “intentona” de sexo desenfrenado y por los innumerables  errores cometidos por antiguo y agotado  chulo, decide cambiarlo por uno nuevo. 

Digo que es irónico porque ver a Orlando, me voy a permitir tratarlo como si fuéramos panas, encarnar en  la película, aunque sea de hace más de 30 años, a  Chávez es, cuando menos, irónico. En la película vimos pasar a Orlando Urdaneta pasar de una franelita bluyines gastados  a ser el potentado de traje cortado a la medida. En resumen de cuidador de baños a ser el chulo mayor que está allí para despilfarrar, a manos llenas, la riqueza que produce el burdel. 

Falta un mes para las elecciones, no encuentro mi pasaporte, no sé si podré ir a votar. Pero  no dejo de preguntarme viendo la escena final de la película que carajo habrá dejado Orlando en la pancita de Haydee Balza. 

martes, 27 de diciembre de 2011

Huele a Navidad, aunque algo falta (09/11/2005)



"Compay, venga una brazo
ésta noche el año se termina,
a las doce lo espero en la esquina para que brindemos,
pero Compay, venga un abrazo,
No me diga que va a empezar a llorar
Siéntase alegre de estar vivo en ésta hora
que el hombre macho no llora"

Maracaibo 15 (Venga un Abrazo)

Esta mañana me fui con mi socio a desayunar en el Tottus; un nuevo hipermercado que han instalado acá en Lima (San Isidro). Pancitos Pizza de la panadería, un Yogur y un gatorade (Seis soles veinte); y nos sentamos en una de las mesas que estratégicamente los empresarios han dispuesto para éstos fines; con los clásicos televisores a un costado con los noticieros y el movimiento cotidiano de una mañana en un centro de compras masivas.

Noté con asombro que la decoración había cambiado, hasta la semana pasada que fui a tomar desayuno al mismo sitio había aún algodones simulando telarañas; (motivos de halloween); así como las inapelables calabazas y motivos de brujas y fantasmitas de la tradicional fiesta norteamericana.

En cambio ahora noté los inconfundibles colores rojo y verde, predominando sobre el frío decorado de la publicidad de jamones, tragos y otros productos. Papá noeles (San nicolases), luces intermitente, árboles de pino artificial decorados: la navidad está cerca.

Sin embargo, toda esa decoración que si bien es la misma que nos podemos encontrar en cualquier local venezolano en vísperas de las fiestas decembrinas, el sentimiento definitivamente no es el mismo. Tal vez a muchos de los que hemos emigrado fuera de Venezuela nos ocurra lo mismo; nada de lo que vemos, aunque sea igual o similar a lo que estamos acostumbrados, nos parece “completo”.

¿Qué faltaba?. No lo sé. Quizá una gaita sonando de fondo en el hilo musical del hipermercado, o el olor de las hallacas; los jamones planchados dispuestos en sus cajitas en forma de árbol de navidad. La verdad, sigo sin entender qué es lo que falta, pero definitivamente hay un hueco profundo entre todo ese ambiente y el sentimiento de la cercanía de la navidad.

Para éste país la navidad, sin dejar de ser emotiva, no es más que una fiesta en que el 24 lo pasas con tu familia (si es que puedes) y te reúnes a cantar villancicos y a cenar; y el año nuevo es una “juerga” desmedida que pasas con tus amigos, en la playa, en el campo o en la montaña, y en donde el trago y el baile marcan la pauta.

Creo que nunca llegaré a comprender cómo es posible que alguien no pase el año nuevo con su familia; vestido con la ropita nueva, escuchando en Radio Rumbo o Radio Reloj el “Faltan cinco pa` las doce el año va a terminar” … los sonidos de los triquitraquis, tumbarranchos, los niños correteando con sus estrellitas en la mano; la mesa dispuesta con ensalada de gallina, pan de jamón, hallacas, pernil; esperando el cañonazo para poner a Maracaibo 15 y poder abrazar a toda tu familia, muchas veces con lágrimas en los ojos, deseándoles a todos un feliz año; aún con la servilleta en la mano, esa que minutos antes contenía 12 uvas que lentamente comimos rememorando mes por mes el año que se va.

Recuerdo que cuando era chico, veía a mi madre, mis tías, mis hermanas; que a las 12 de la noche indefectiblemente lloraban, y así con sus rostros corridos de pintura por efecto de las lágrimas, me abrazaban fuertemente diciéndome lo mucho que me querían, rogándole a Dios porque me cuidara e iluminara por ese año y por siempre. Alguna vez, o varias veces, les pregunté del por qué lloraban en ese momento, y la respuesta siempre era la misma “cuando crezcas lo comprenderás”.

Hace mucho que comprendí esa energía, el estar en familia, juntos, bailando y celebrando; incluso con familiares que posiblemente no ves en todo el año, y en ese momento mágico de las 12 de la noche del 31 de diciembre – 1 de enero, están contigo para darte un abrazo y desearte  que todo te vaya bien; que el año venidero te colme de bendiciones y que se cumplan tus deseos.

Tocan el timbre, son los vecinos que igualmente vienen a darte un abrazo y a compartir un trago, una hallaca, un pedacito de pernil. Al rato, eres tu quien toca la puerta del otro vecino, en un hermoso ritual en donde la paz y la armonía es la que manda.

¿Cómo puede uno explicarle a alguien semejante cosa?. Ahora mismo escribiendo éstas líneas, me siento muy afortunado de que mis navidades hayan sido de ésta forma y no de otra; sin despreciar o desestimar de cómo la pasan en otros lados…

no es por nada, como nuestras navidades, no hay otra.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Así es nuestra tradición.

Una gaita aquí, una gaita allá,
Un homenaje a la Chiquinquirá.
Un palito aquí, otro más allá....
Así es nuestra Navidad.
 
Fiesta decembrina.
Cardenales del éxito.
                                                      
En los años que vivimos en Chile nuestra Carolina estudió en un colegio de monjas, el Villa María Academy. Al principio lo odió con toda sus fuerzas, al venirnos lloró  durante días por dejar su colegio. Era un buen colegio y creo que Carolina disfrutó el par de años que pasó allí. Cuando llegó a tercer grado hubo que empezar a preparar la Primera Comunión. Como buen colegio de congregación lo involucraban -o al menos lo intentaban-  a uno con las actividades de la pastoral. Así que la preparación de la Primera Comunión que en cualquier colegio laico no consumiría más de un par de meses en el Villa María se llevaba un poco mas de un año. Ya metidos es este lío de la  preparación de la Primera Comunión de Carolina nos tuvimos que incorporar a un grupo de reflexión bíblica.

Los primeros miércoles de cada mes nos reuníamos en casa de alguno de los padres para conversar sobre las enseñanzas católicas. En la forma que la pastoral organizaba las charlas cada semana le tocaba a una pareja prestar la casa y preparar los refrigerios y a otra preparar la charla. Catalina, que sabe que no soy exactamente muy piadoso, cuando nos tocó a nosotros ella se reservó la preparación de las viandas y me dejó la preparación de charla. Tal vez ella, ingenuamente, pensó que eso me ayudaría a llegar algún día al cielo. Por azar, nos tocó como tema Los Días del Adviento. Yo no tenía de aquella tradición mayor  referencia que haber oído de ella alguna vez a Celia Soonets   (argentina de ascendencia estoniana y sirva esto como fe de erratas) y siempre me pareció que no era mas que una tradición nórdica, siempre creí que era una tradición nacional como para nosotros lo es el pesebre navideño, el pan de jamón o el amigo secreto.

Coincidió la charla con nuestra partida, así que nos tocó despedirnos y hablarles al resto del grupo de la preparación de las navidades. Claro que traté de ceñirme a las enseñanzas bíblicas y por unos 5 ó 6 minutos lo logré. Si me hubiera tocado cualquiera de los otros 13 temas, o si Catalina no hubiera tratado de comprometerme, hubiera sido más piadoso, pero allí parado frente a un montón de gente que, a pesar de haberme visto por casi todo un año, no sabían quien soy. Puesto allí en los primeros días de noviembre y con las ganas de ir a oír gaitas en el Hawaii Kai no pude resistir de hablarles de mis gaitas. De mi cassette de gaitas que me ha acompañado todos estos largos años. No me pude resistir en explicarles que las navidades inician con la feria de La Chinita, que para mi no hay acto más piadoso que dedicar estos últimos dos meses del año a las gaitas decembrinas.

Ellos en vano trataban de imaginar cómo sería aquella música y noté en sus ojos que se imaginaban coros de iglesias y esas cosas. Fue allí cuando les aclaré que la gaita estaba más cerca de la salsa que de los villancicos. Y pude ver el horror dibujarse en los rostros de algunos. Tuve que explicarles que para nosotros la Navidad es fundamentalmente alegría y que cuando uno está alegre, no sé por qué, le provoca  bailar.


domingo, 25 de julio de 2010

La función debe continuar…

 Siempre que tengo oportunidad, y digo muy responsablemente la palabra “siempre”, me dejo resbalar al rincón del estante ubicado en la sala de la casa de mis padres y sentarme en posición de loto frente a los álbumes de fotos que, empolvados, llevan años guardados en el mismo lugar. Con olor a guardado, dentro de sus páginas de papel y plástico guardan tantas imágenes de la vida de todos los que conmigo crecieron; algunos que ya no están, otros que gracias a la vida siguen estando pero ya más cansados… imágenes donde hay cabellos negros donde hoy hay canas, modas pasadas que saltan a la vista en vestimentas clásicas de esos días que hoy parecen graciosas, exageradas… entre muchos otros detalles. En sustancia, creo saberme de memoria la mayoría de esas imágenes; sin embargo, cada vez que me doy a esa exquisita tarea, descubro siempre nuevas cosas, sensaciones, olores y sabores, sonidos, palabras; no en balde hay quien dice “recordar es vivir…” a lo que añado, “y vivir a nuestro antojo”. Muchas de aquellas fotos ya amarillentas algunas, borrosas o de colores pálidos, me evocan momentos verdaderamente importantes de mi recorrido en este escenario en el que represento mi papel de yo. Navidades, cumpleaños, vacaciones, lugares que ahora ni existen, otros que están pero muy cambiados… actos de colegio; disfraces, sonrisas. Llegué a hacer varias representaciones en los actos de mi colegio, en la primaria. Como muchos bailé alguna vez el Pájaro Guarandol, el Carite, entre algunos otros no tan elaborados en los que participé en lo que mi colegio llamaba “Lunes Cívico”. Alguna vez actué en un baile de San Benito; una imagen de esas tantas me recuerda mi vestimenta, una franela blanca con la imagen del santo en ella de color azul y rojo, un pantalón azul marino y unas alpargatas en negro y amarillo, rematado con un gracioso sombrero de paja anudado por debajo de mi garganta con dos cuerdas. Recuerdo perfectamente aquella sensación; desde que en el auditórium del colegio no había casi nadie y hacíamos el último ensayo antes de la presentación, hasta el eco de la voz del presentador que retumbaba en todos los rincones de aquel salón techado, con piso de cemento pulido. Especialmente la palabra “Chimbangles” la recuerdo porque nuestra maestra de entonces lo mencionaba con mucha insistencia ya que el baile que mostraríamos contaría con la música típica del santo negro totalmente en vivo; chimbangles que no habíamos visto siquiera hasta ese momento. Aplausos, muchos, salimos, gente, caras, entre ellas las de mis padres, provistos con una cámara fotográfica al mejor estilo de los paparazzi de los ochentas; acomodando un buen ángulo para fotografiarme en pleno baile. Aquella sensación la tengo tan a flor de piel que hoy, mientras disfrutaba de un acto en donde mi niña de ocho años bailaba una pieza del folclore de este país, me sentí en su pequeña cabecita de tercer grado, tal como lo recuerdo en aquella época donde los nervios me consumían en hacer el baile como lo habíamos estado ensayando. Esta vez era yo quién estaba provisto de mi cámara y me sorprendí estorbando la vista de otros presentes en busca del mejor ángulo para fotografiar a mi niña. Lo más curioso del caso es que no es el primer acto donde le veo actuar, al igual que a su hermanito, pero en particular, ese baile de hoy me fue tan familiar, como si lo estuviera viviendo en la persona de mi niña. Tal vez el eco de la presentadora, el bullicio de los niños que esperaban su turno para salir a actuar, el esperar impaciente que ella saliera para ofrecerle el mejor de mis aplausos, o qué se yo me trajo al instante ese momento mágico en donde vestido con ese gracioso sombrero bailaba al ritmo de los tambores por allá por los años ochentas. Muy en mi interior, quizá de la forma más inconsciente, alguna vez me imaginé en este lado contrario, quizá viendo a mis niños representar los mismos motivos típicos de Venezuela en los que alguna vez participé… sin embargo la nacionalidad del folclore no me parece tan importante a éstas alturas; ellos tienen otra realidad y crecen bajo otras costumbres en las que de alguna manera me siento su “compañero” de aprendizaje, como quien se sienta en un salón de clases a escuchar a la maestra impartir enseñanzas. Hice un buen puñado de fotos. En aquel tiempo que conformó nuestra realidad, era raro ver más de dos o tres fotografías de un evento en particular. Hasta no hace mucho, recuerdo que mis padres iban a revelar los rollos de la cámara a principio de año y en las 24 ó 36 imágenes habían recuerdos de los cumpleaños y otras ocasiones a lo largo de todo el año pasado. Entonces, se me recreo pensando que en alguna oportunidad, mis hijos tomarán un dispositivo de almacenamiento de memoria rudimentario y primitivo para entonces, para ver las fotos que hoy hacemos con nuestras modernas cámaras y poder recordar así sus primeros pasos en sus propias vivencias en este escenario en el que representan el papel de ellos mismos. Quizá lo mismo que yo, tendrán esa costumbre cuando sean padres y disfrutarán recordando las sensaciones de estos años presentes que para entonces serán igualmente pasados de moda y con modas extravagantes; verán canas donde hoy hay cabellos oscuros… y todos aquellos detalles en los que hoy recuerdo como pequeños episodios de mi paso largo y hermoso por la infancia. La función debe continuar… y continuará. Jose Luis Cunhao

sábado, 22 de mayo de 2010

Réquiem para un librero.

 













martes, 18 de mayo de 2010

Amor sobre Ruedas

                                                                


“se que tengo cilindros
Y un fuerte motor de explosión
Tengo volante y frenos
Lo que no saben es que tengo corazón”
Amor sobre ruedas.
Francisco de Paula


A veces, solemos creer que todo dura para siempre; sobre todo las cosas que de una u otra forma dejamos atrás cuando emprendemos el exilio, en mi caso, más o menos voluntario.

Hace poco leí, o escuché; de una entrevista que hizo Nitu Pérez Osuna a unos Venezolanos en el exterior, no recuerdo a tenor de qué; y expresaba que el mayor sueño de cualquier venezolano fuera de las fronteras es volver a su tierra; pensamiento con el que concuerdo en todas sus letras.

Siempre pensamos que a nuestro retorno a la patria, ya sea de vacaciones o para visitar la familia, encontraremos las cosas que dejamos, claro, empolvadas, arrimadas, quizá en casa de algún otro familiar; pero existiendo dentro del contexto en que se quedaron. En mi caso, entre las muchas cosas que no pude llevar cuando salí de Venezuela fue mi auto, mi R5, del 85; de fabricación francesa y que conduje desde 1994 hasta mi salida del país en diciembre de 2002.

Muchas cosas, sin embargo, continúan allá; cuando llego a casa de mis padres reconozco tantas que alguna vez ocuparon mi espacio y que ahora ornan las paredes de la sala de estar de la casa de mi madre, o en algún rincón escondido de la casa de mi hermana, así como muchas otras en las polvorientas cajas donde fueron embaladas. Algunas otras las tengo en la habitación que destinaron como “mía” y que aún guarda mi juego de cuarto, televisor, entre algunas otras cosas como libros, mi bolso de casetes y algunas películas en VHS. Cuando estoy allá, acaricio mis cosas, las uso, recuerdo… quizá en una interna felicitación y agradecimiento de que aún existan y que de alguna forma me esperen; empolvadas, pasadas de moda, pero aún allí.

Un día, en pleno paro petrolero de 2002, compré una pimpina de gasolina por la fortuna de 20 mil bolívares y se los puse al R5 rumbo a Cabimas; en dos días partiría, no había forma de llevarlo conmigo. Lo estacioné a un lado del garaje de mi padre y allí estuvo, siempre, como una bandera que reclamaba parte de mi espacio, como un recordatorio de que aún yo, estando fuera, tenía un pequeño espacio entre lo que por razones que día a día me duelen más, tuve que dejar atrás.

Mi R5, auto que me acompañó en tan diversas oportunidades, mi primer auto y por demás, con un rugiente motor que yo mismo ayudé a reparar de la mano de mi padre y mi tío César (QEPD); siempre significó para mi  mucho más que tuercas, aceite y cauchos. Ese pedacito de libertad que conduje por las calles marabinas, por las merideñas, por las autopistas y por tantos otros destinos era, sin lugar a duda uno de los atributos que hasta me llegó a caracterizar. Había pocos como ese auto, donde le veían aparcado un buen porcentaje de personas que me conocían identificaban mi presencia en el lugar, ya que no había otro como ese; al menos no en esa combinación de colores.

Daba problemas, si que los daba, como todo auto usado y antiguo, pero sólo llegó a “dejarme botado” una sola vez, de vuelta de Maracay a Maracaibo en un punto perdido entre Barquisimeto y Valencia; por un problema en la bomba de agua. Tantas otras veces me dio qué hacer, pero siempre encontraba la manera de rodarlo hasta llegar a “destino seguro”.

No era sólo un auto, era un pedazo de la persona que lo manejaba. Un joven lleno de ilusiones, de proyectos, de ideas medias revolucionarias con ganas de cambiar el mundo; mi R5, mi Chispita, el Chugabún, como le llegué a apodar en alguna oportunidad.

Hoy, hablé con mis padres por teléfono y me enteré de que finalmente el auto lo habían negociado para la venta; la cantidad de la transacción no importa, de cualquier forma parece irrisoria ante todo el sentimiento que escondían entre sus asientos, en las piezas de ese motor que ayudé a armar, en la palanca de cambios que tantas veces agité de un lugar a otro para dirigir mi camino; aún a una pequeña escala. Ya no está.

En febrero estuve en la patria por 14 días, una tarde, a dos días de mi retorno, le di una buena lavada, limpié con detenimiento su interior, sacudí el polvo, lo encendí, no lo saqué del garaje porque estaba con un problema de frenos; pero sentí el vibrar de sus cuatro cilindros frente a mis manos. No estaba por saber en ese instante que sería la última vez que le vería, al menos entero… y en casa.

Poco a poco vamos siendo desplazados del lugar que creímos que permanecería intacto; de las cosas que dejamos, las personas continúan su vida, donde acostumbramos ver terreno ahora hay casas, donde había un edificio, ahora ya no está; la calle de un solo sentido ahora es doble, el lugar de nuestro auto, ahora está vacío.

Sí, el sueño de todo venezolano en el exterior es volver a la patria, siempre esperando que las cosas que dejamos sigan allí, esperándonos, intactas; pero el tiempo se encarga de moverlas, las necesidades de otros, las circunstancias. El país que dejamos tampoco es el mismo que encontraremos a la vuelta del exilio; muchas personas que dejamos en ella ya no estarán, quizá viviendo sus propios exilios más o menos voluntarios o definitivamente involuntarios.


José Luis Cunhao
Mayo 17, 2010

martes, 13 de abril de 2010

Borra y va de nuevo...




Hace poco Yambal, una marca de cosméticos, le regaló a esta ciudad un reloj de flores muy parecido al que alguna vez, creo, hubo en la Plaza Venezuela. Pero no puedo estar seguro si realmente existió o yo simplemente lo soñé, recurrí a la página de Facebook Caracas en Retrospectiva a refrescar mi memoria, pero no encontré un registro fotográfico de aquel reloj que domina mi memoria, tal vez lo soñé.  Si realmente existió sucumbió ante la competencia del reloj de La Previsora.

La Plaza Venezuela fue un gran estandarte de la Caracas sesentiana y allí vimos nacer y morir un millón de fuentes. Eran inauguradas y destruidas, con asombrosa velocidad. Por alguna extraña razón todas las fuentes de la Plaza Venezuela estaban, al nacer, condenadas a ser destruidas. Esta última creo que es la que más ha durado y como gran logro, tiene la particularidad de que para apreciar toda su belleza hay que estar en los pisos más elevados de los edificios que la circundan. Al parecer todo lo que se colocaba en la plaza estaba condenado al fracaso. 

Así pasó con aquella escultura que emulaba el estudio fisiológico del cuerpo humano de  Da Vinci; luego desapareció y anduvo perdida algunos años, creo que fue rescatada y está ahora en alguna otra parte. También hubo una escultura de Soto (creo que era de él) llamada (creo) El As de Solar. Era una hermosa escultura en aluminio y un buen día desapareció, probablemente fue desmantelada, paulatinamente, para rendir tributo al afán reciclador de los recogelatas. 

Por algún tiempo la Plaza sirvió para cobijar la rueda del triunfo de Lorenzo Fernández. Otra cosa que adornó aquella Plaza Venezuela fue un grandísimo anuncio de neón de  Coca-Cola. Pero vivíamos el imperio de la Pepsi y por años, al menos para mí, Coca-Cola no era mas que una marca de yoyos.

Pero no todo era borra y va de nuevo,  en honor a la verdad hubo cosas estables en aquella Plaza Venezuela; entre ellas los perrocalenteros que hicieron de aquel lugar su centro de operaciones desde el cual, un buen día, dominaron toda la ciudad.

Una de las cosas más estables en aquella Plaza Venezuela fue la pancarta del Teatro del Este. Recuerdo que en aquel edificio -que exhibía el enorme aviso de neón  de Polar, que en los diciembres se convertía en un arbolito- quedó, por años, el Teatro del Este. Allí en su inmensa cartelera por años pudimos ver grandes vallas promocionales de las películas que el teatro exhibiría.

Nació la moda de remodelar viejos edificios y mientras el edificio Polar se convertía en el hermano menor del Cubo Negro; la gran pancarta desapareció y creo El Teatro del Este perdió allí parte de su personalidad, aquella pancarta despertaba, en alguna medida, el deseo de ver la película que con vistosos colores se anunciaba. 

Una vez convertido el Edificio Polar en el hermano menor del Cubo Negro fue coronado por una gran bola de Pepsi y luego alguien aprovechó la idea y colocó una enorme taza de Nescafé en otro edificio cercano; en realidad pudo haber sido al revés ya que cuando éstas nuevas identidades  de la Plaza Venezuela nacieron yo ya no vivía en Caracas, y las conocí juntas. Y ahora parece que estos dos estandartes de la Plaza Venezuela, corren el riesgo de desaparecer también. Parece ser la maldición de la Plaza Venezuela o tal vez sea su verdadera identidad, la de estar allí cambiando.

Allí en aquella pancarta del Teatro del Este, se anunció por meses La Conquista del Planeta de los Simios, una de las tantas secuelas de aquella hermosa película que nos abofeteó sobre la posibilidad inmanente de que en un arranque de locura destruiríamos el planeta, eran los años de la guerra fría y el holocausto nuclear era un posibilidad bastante cierta. El Planeta de los Simios vivió en nuestro inconsciente colectivo por años y llegó a convertirse, al menos para mí,  en una película de culto. Poco a poco Hollywood en entrenó en el delicado arte del remake. Empero nadie se había atrevido a profanar el culto hasta que Tim  Burton  decidió regalarnos una nueva versión del clásico sesentiano.

Cuando la me pasaron en la tele me senté a verla con Mariagracia, obviamente no le gustó mucho y creo que la toleró solo por hacerme compañía. Al terminar le expliqué que esa era la versión de Tim Burton, pero que en mi infancia, cuando tenía mas o menos su edad, había visto la versión original y que era mucho mejor, le prometí tratar de encontrar la versión original en DVD, para que la viéramos juntos, pero en realidad no me propuse a buscarla, no creí que en realidad a ella le importara.

Hace un par de semanas fuimos a ver Alicia en el País de las Maravillas al salir del cine,  frente al helado de rigor, me preguntó si me había gustado, le dije que no mucho que esperaba algo mejor. Mientras comía su helado, me miró y como una gran experta en cine me indicó, ciertamente, que era la versión de Tim Burton, pero que a ella sí le había gustado.

jueves, 1 de abril de 2010

Pata-Pata



Debía estar corriendo el año 69 -año más, año menos-  la televisión era a blanco y negro, nadie podía imaginar que pudiera ser de otra forma, el yogur se llamaba Yoka, las fiestas eran con la Billo Caracas Boy’s o los Melódicos. Estaba de moda el Cachascascán y su mayor exponente Bassil Bathá; ganó fama con su célebre llave Doble Nelson. Bassil Bathá, quién -eso creo; pero no puedo dar fe- cansado de ganarse la vida con las patadas voladoras y simulando golpizas decidió aprovechar la fama ganada en las arenas del Nuevo Circo para abrir una tienda de ropa en El Silencio.

Eran los años felices de finales de los sesenta, aún reinaba en nuestras cuentas nacionales el fifty-fifty. Un anglicismo para decir, como en los juegos de muchachos, contá y mitá. Así que con aquella fórmula, de la que, a ratos, creo  no debimos haber salido, los americanos se llevaban su buena tajada de la venta del petróleo y al estado venezolano le quedaba lo justo para vivir, como la mayoría de las familias venezolanas de aquella época,  humilde; pero dignamente.

Por aquella época no existían las multinacionales de la noticia, CNN (si era que existía) probablemente era un canal local.  Las noticias sucedían al mismo ritmo que suceden hoy; pero nos enterábamos un par de días después. En aquellos días Adolfo Martínez Alcalá era, tal vez, la voz con mayor credibilidad de la radio venezolana. Comenzaba la tanda de noticias en Radio Capital con la lista del montón de nombres  las principales agencias noticiosas internacionales. Como no había imágenes las siglas de antecedía les deba credibilidad, o por lo menos nos indicaba de cuál lado de La Guerra Fría estaban. En aquella época existían dos Alemanias, y un solo Berlín, separado por un muro levantado entre gallos y media noche.

El mundo, en aquellos años, era más grande de lo que es ahora. Sudáfrica existía en el mismo sitio que existe hoy, pero de aquella república sabíamos poco, muy poco. El único nombre que podíamos asociar era el de Richard Bernard (¿sería él?) y eso porque se le ocurrió trasplantar un corazón, una hazaña en aquella época y aún en esta.  Por aquella época Nelson Mandela no era el presidente de Sudáfrica, era una víctima del Apartheid (¿se escibirá así?) Proveniente de aquellas tierras africanas por aquella época nos visitó  Miriam Makeeba (¡creo que se escribe así!), y un ritmo contagioso llamado el Pata-Pata, eran los años felices. Mas de uno bailó el Pata-Pata aunque nadie entendió la letra, no importaba. 

No con poca sorpresa el domingo pasado debí cederle a Carolina el control del equipo de sonido. Para ella, la tortura de oír música venezolana, ya era suficiente. Así que tomó, casi por asalto, el equipo de sonido. Disfrutó haciéndome oír a su cantante predilecta: Thalia. No con poca sorpresa pude escuchar el remake mexicano de aquella canción. Me acordé de Miriam Makeeba. No con poca sorpresa Carolina escuchó mi explicación de que aquella era una vieja canción y que Thalia se la  copiado. En defensa de su heroína musical argumentó que ella se había copiado sólo una canción y que los A-teens se los habían copiado todos. Como siempre Carolina tenía razón.

 

Marzo, 2000.